El problema del PSOE no es Pedro Sánchez. Lo dije el lunes pasado, caliente todavía el resultado de Euskadi y Galicia, y los hechos me han dado la razón. Todo el mundo ha podido advertir que Sánchez -a quien no quito méritos en el desastre- es tan solo una parte de los problemas que ese partido arrastra y que tendrían que haber empezado a dirimir hace mucho tiempo.

Se limitaban a darle puñaladas de pícaro en los medios de comunicaciónEl primero es el distanciamiento del electorado, que comenzó en 2010 con unas políticas de ajustes que cargaban la crisis sobre los hombros de los electores, sin la sensibilidad ni la transparencia ni las explicaciones suficientes.

El segundo es la falta de un discurso claro sobre Europa. Basta ver cómo en los años siguientes todos tomaron distancias de Zapatero que, al fin y al cabo, quizás hizo lo único posible en aquellos momentos: amarrarse al mástil de la nave.

El tercer problema está en el discurso territorial. Cualquiera que oiga hablar de España a los barones socialistas advertirá las carencias de ese discurso, que cada cual dirige a su propia parroquia, y lo difícil que sería trasladar algunos de esos planteamientos a Cataluña, el País Vasco y Galicia o al electorado joven de las grandes ciudades.

El cuarto problema es el liderazgo, evidentemente. El joven y telegénico líder que improvisaron hace dos años no ha sido capaz de dar respuesta a los demás problemas y ni siquiera ha sabido mantener unida la organización. Pero ningún otro ha dado hasta hoy un paso para superar esa situación. Se limitaban a darle puñaladas de pícaro en los medios de comunicación (solo unos pocos a cara descubierta) y a esperar que Sánchez se comiera el marrón de sostener a Rajoy, para luego aplastarlo, como si la cosa no fuera con ellos, y olvidarlo, como olvidaron al pobre Zapatero.

El quinto problema es la división, que ha estallado esta semana pero ya existía antes. El PSOE está hecho añicos en todos los niveles: dirigentes nacionales, regionales, parlamentarios, militantes, electores... En todos los niveles hay de todo: los que reclaman estabilidad, lo que dicen que “al enemigo, ni agua”, los que conservan la visión de Estado, los que se limitan a defender la parcelita de poder que les queda, los que actúan por ideas, por afinidades, por interés, por simple instinto de supervivencia…

¿Por qué van a esperar más si sus votantes llevan esperando cinco años?Todo eso se le debe poner en el debe a Sánchez, desde luego, pero no solo a Sánchez ¿Acaso heredó una bicoca tras la etapa en barbecho de Rubalcaba? ¿Acaso se lo han puesto fácil quienes se están probando la ropa que va a dejar? A estas alturas no puede haber dudas: en esta tragedia hay muchos actores. La buena noticia es que la tragedia ha llegado a la catarsis, tal y como la entendían los griegos y lo cuenta el diccionario. Cuando la tragedia suscita en los espectadores “la compasión, el horror y otras emociones” se produce un efecto “purificador y liberador”.  Esa purificación, liberación “o transformación interior” pueden también ser suscitadas, dice la RAE, “por una experiencia vital profunda”. En esas andan. Experiencias vitales tan profundas y emociones tan horrorosas como las que están viviendo los socialistas no se recuerdan desde que los dirigentes de la UCD, enfrentados a Suárez y entre sí, se suicidaron en pandilla, como las ballenas.

Tras el espantoso espectáculo de la semana pasada, los socialistas solo tienen dos posibilidades. Una es la extinción o el cisma. La otra es ahondar en el debate, cuanto antes mejor, y… a por todas. ¿Por qué van a esperar más, si sus votantes llevan esperando cinco años? Es duro decirlo, pero cada vez tienen menos que perder. Que se digan lo que se tengan que decir, que se sacudan lo que se tengan que sacudir, que en eso consiste un debate. Como en esta pelea todos llevan las de perder, un día se hartarán de darse guantazos, como en El hombre tranquilo, se darán la mano, se tomarán unas copas y buscarán en común la respuesta a los problemas comunes, que ya es hora.