La democracia escribe derecho con renglones torcidos. Fue torcido, incluso retorcido, el renglón escrito por la Junta Electoral, RTVE, la Moncloa y las direcciones de los partidos más representativos que propició dos debates televisados en dos días consecutivos.

Pero por la vía del absurdo se llegó al sugestivo resultado de un debate en dos sesiones similar a los grandes Plenos parlamentarios donde, por regla general, tras una primera parte más expositiva viene una segunda más caliente, con la artillería dando paso al cuerpo a cuerpo.

El engendro ha resultado, finalmente, un digno cauce para una campaña condenada al perfil bajo, por la coincidencia con las vacaciones, y un eficaz sustituto de formatos en desuso: las pegadas de carteles, buzoneos, caravanas y mítines electorales van pasando a la historia.

Desde el minuto cero quedaron claras las grandes novedades: que en la carrera del "se rompe España" Albert Rivera le lleva la delantera a Pablo Casado, mientras el tercer socio se parte de risa por la calle; que Pablo Iglesias se ha convertido (ya era hora) en fervoroso defensor de una de las Constituciones mas progresistas del mundo; que Pedro Sánchez ha aprendido muchas lecciones, se ha instalado en una suave socialdemocracia y, como Rajoy, procura no meterse en "líos".

Ahora viene el gran debate: el que tú y yo mantenemos con nosotros mismos para ver qué votamos, con más de seis opciones sobre el tapete –los cuatro magníficos, los nacionalistas, los independentistas y el innombrable–, aunque Ciudadanos, con su renuncia previa a ser bisagra, las deja en dos: o pacto a la andaluza o pacto a la portuguesa con guinda indepe. Ese renglón torcido será más difícil de enderezar.