Es una verdad histórica incuestionable: el enemigo común une; une tanto, que a veces se inventan o magnifican enemigos para forzar una unión. No es el caso. Esta vez el enemigo es real y la unión, también: una respuesta policial conjunta, una manifestación en defensa de valores comunes ("libertad, democracia, dignidad, justicia") y algo que con el paso de los años parecerá curiosidad antropológica: una misa. Moncloa, Generalitat y Zarzuela fueron juntas a misa, confirmando el taumatúrgico poder de cohesión del enemigo común.

Quienes se santiguan juntos y pergeñan una misma política de seguridad ¿serán capaces de afrontar juntos los demás problemas comunes? No creo. Aunque a usted y a mí nos gustaría que, entre rezo y rezo, Rajoy y Puigdemont quedaran una noche en Zaragoza para hablar de sus cosas, que son las nuestras, es improbable que ocurra. Por el contrario, los estados mayores de los partidos estarán evaluando cómo afecta la tragedia a sus estrategias e intereses. Están en su derecho. Eso es política y es lo que los electores esperamos: que ante una situación que no admite ambigüedades ni mentiras, fijen posiciones con claridad y atinen al interpretar nuestros sentimientos.

"No tienen nada que ver una cosa con la otra", dijo Puigdemont cuando le preguntaron si el 17-A influirá en el procés. Tiene razón: los terroristas no deben marcar la agenda a los demócratas. Pero el enemigo común pone a cada cual en su sitio y permite a los ciudadanos discernir, separando lo importante de lo espurio, el interés general del partidista. Más les vale no equivocarse en el diagnóstico del problema ni en su uso político ni en la interpretación de lo que sus votantes esperan de ellos. Algunos están pagando desde 2004 sus mentiras y sus desaciertos.