Quien no defienda con uñas y dientes el plan Madrid Central, que desde el 30 de noviembre restringirá el tránsito de vehículos contaminantes por el centro de la capital, es que no vive en el centro o no ha entrado nunca en Madrid en uno de esos días –casi todos– que la ciudad está cubierta por una capa de humo negro y pestilente, esa que los clásicos llamaban "la boina".

¿Cómo es posible que yo viva ahí dentro y esté todavía vivo?, me pregunto cuando vuelvo a casa desde las afueras, donde trabajo. ¿Y cómo es posible que siga siendo noticia esa contaminación, a la que dediqué alguno de mis primeros artículos hace cuarenta años? ¿Tan incompetentes son los políticos, que no han sido capaces de encarrilar el problema? ¿Tan necios somos los ciudadanos, que aceptamos sin más la situación, como hemos aceptado, sin más, el deterioro de la sanidad o la educación?

Sé que no es problema de fácil solución y sé que no es exclusivo de las ciudades españolas. Pero también sé que en otras partes se esfuerzan desde hace décadas por encontrar soluciones y que algunas, mal que bien, van encontrando.

Lo insólito, en el caso de Madrid, es que haya gente dispuesta a rasgarse las vestiduras frente a esos esfuerzos, en lugar de aplaudirlos con entusiasmo. Por la parte que me toca, el plan del ayuntamiento actual (el primero de cierta envergadura en muchos años) va a generarme incomodidades y costes serios.

Para empezar, tendré que ir pensando en jubilar mi diésel, que tiene ya diecinueve años. Pero no tengo ninguna duda: las restricciones van a mejorar mi vida y la de mis vecinos. Bienvenido sea el proyecto, aunque su aplicación no sea sencilla. Madrid me mata, vale, pero mucho mejor será que no me mate.