Pandilla de inútiles. Superada la primera tentación, que es llamarlos eso, pandilla de inútiles, lo suyo es ser empáticos, ponerse en su lugar, intentar comprenderlos.

Comprensible que les esté costando formar una mayoría estable. Los españoles hemos diseñado en las urnas un mapa político endemoniado y gestionarlo nunca será tan fácil como gestionar mayorías absolutas.

Comprensible que Pedro Sánchez no quiera que le den hecha la lista de ministros ni incluir en esa lista a quien puede hacerle la vida imposible. No es Moncloa corral para tanto gallo y siempre será mejor un gobierno a la portuguesa, con apoyos externos, que uno a la italiana, con Salvini tocándote la mandolina todo el día.

Comprensible que Pablo Iglesias quiera sacar la máxima rentabilidad a sus escaños y estire la cuerda para sacar todo lo que se pueda (ahora o nunca) aun a riesgo de quedarse con la cuerda en la mano.

Comprensible que Pablo Casado contemple el espectáculo desde la distancia, tan contento, mientras procede al reagrupamiento familiar con los hijos pródigos de Vox.

Comprensible que Albert Rivera, vistas las pocas salidas del callejón donde ha metido a su partido, se aferre a la fantasía del sorpasso.

Lo que no es comprensible es el menosprecio al interés general, la perseverancia en el error, los comportamientos tribales, el oportunismo feroz. Y lo que nadie comprenderá nunca es que se vayan de vacaciones sin hacer los deberes y nos obliguen a votar otra vez en otoño.

Que se tienten la ropa Sánchez e Iglesias, sobre todo, si desaprovechan la ocasión. El peligro para la izquierda fragmentada no es la derecha fragmentada: son los votantes que se le quedan en casa.