Jo soc Barcelona

CARLOS SANTOS. PERIODISTAOPINIÓN
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
Carlos Santos, colaborador de 20minutos.
JORGE PARÍS

Este artículo se iba a titular “yo soy turista” y ése era su titular el jueves a mediodía, cuando empecé a escribirlo sin prisas. La idea era participar en el debate abierto sobre el modelo turístico, un debate que muchos estábamos reclamando desde la última década del siglo pasado, cuando el turismo sostenible fue derrotado por la especulación inmobiliaria pura y dura. Al celebrar que por fin se abre este debate y recordar sus orígenes no tuve más remedio que acordarme de la Rambla, esa calle de pueblo universal que es la Rambla de Barcelona. Ahí, justamente ahí, empezaron las críticas a ese fenómeno cósmico que es el turismo de masas incontrolado y que no solo preocupa en España, sino también en otros muchos destinos turísticos. Ahí es donde por primera vez escuché a un taxista decir con guasa, a propósito de un grupo de extranjeros recién llegados en un vuelo low cost al aeropuerto de Girona, “esos son del día, han llegado en la patera de las once”. Ahí es donde centraban sus quejas y sus sornas mis amigos de la parte alta de la ciudad, lamentando que las Ramblas habían sido invadidas por “hordas de turistas con la barriga al aire y sombreros mexicanos, que se atiborran en las terrazas de sangría, cerveza, gazpacho y paella”

Recordando esas cosas, el jueves pasado, advertí que en las paredes de las Ramblas está escrita la historia de Barcelona y la de una sociedad en permanente tránsito, que unos días es protagonista y otros víctima. En la parte más cercana a la plaza de Catalunya queda la memoria de los triunfos del Barça, pero también la del silencio clamoroso de una multitud andante el día que murió Franco o la de los enfrentamientos de policías y ciudadanos que, reclamaban, muchos de ellos con acento andaluz, gallego, aragonés o extremeño, “Llibertat, amnistía y Estatut de autonomía”. En algunos edificios de la parte más cercana al puerto decidieron dejar, en la rehabilitación masiva del 92, las huellas de las putas que durante décadas habían hecho la calle en sus portales. Entre uno y otro extremo, historias de la ópera se entremezclan con historias de marines americanos, inmigrantes, artistas, estudiantes, flamencos, comerciales, comerciantes con las de aquellos que tienen por oficio el de buscarse la vida y conviven en la memoria con personajes reales que parecen de ficción, como el pintor Ocaña, y personajes de ficción que parecen reales, como Carvalho, el detective de Vázquez Montalbán. Por las Ramblas ha pasado y sigue pasando la historia, con todas sus consecuencias.

Y estaba yo en esas reflexiones cuando una furgoneta blanca me dio la razón de la manera más brutal: las Ramblas son una calle universal de un universo herido, impredecible y convulso. Todas las calles lo son, en un mundo cada vez más pequeño donde nadie puede poner puertas al aire y donde elementos tan poderosos como el terror, el crimen, el dinero o el dolor no tienen fronteras.

Tampoco tienen fronteras, por fortuna, la solidaridad, la libertad, el amor, la creatividad, el talento y, en fin, todas las cosas bellas y buenas que los seres humanos todavía somos capaces de hacer juntos, en la eterna pelea por un mundo mejor, que siempre han pasado y siempre seguirán pasando por las Ramblas.

Y aquel artículo, que hablaba de la vida y fue truncado de la muerte, ha sido sustituido por éste otro, que de la globalización, de la sociedad en tránsito, de la historia y de todas aquellas cosas, como el dolor compartido, que a los habitantes de este mundo nos ponen en nuestro sitio. Y aquel titular, Yo soy turista, ha dado paso al único posible: Jo soc Barcelona. Yo soy Barcelona. Y tú también, seguro.

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