Supongo que no me pasa solo a mí. Senderista habitual, cuando leo que un hombre se ha perdido en el monte enseguida pienso en una mala tormenta o un mal paso. Cuando es una mujer quien se extravía inevitablemente me asalta el temor de que pueda haber topado con una mala bestia, y no precisamente un jabalí.

Es lo que hay. Es lo que se deriva de un problema social grave en el que no hay discusión ideológica ni guerra de cifras que valga: los crímenes machistas existen, sus víctimas son mujeres y los criminales son hombres, ya se trate de parejas, exparejas o desconocidos, en solitario o en manada.

Su existencia está desde hace siglos vinculada a la ley troglodita del más fuerte y a la consideración de la mujer como propiedad del varón. Increíble que haya ciudadanos que no se sumen con decisión a quienes han puesto pie en pared para intentar superar este problema. Más asombroso aún el empeño de ciertos políticos, tertulianos y columnistas por quitarle importancia.

No sé si es ignorancia o es maldad, pero es manifiesta falta de sensibilidad. Las víctimas de la violencia machista no son solo las personas asesinadas, maltratadas o violadas, sino también otras muchas: las que viven con miedo.

El miedo (al marido borracho, al exnovio celoso, al maltratador suelto, a hacer deporte, a ir a una fiesta, a andar sola por la calle...) es el mayor enemigo de la libertad y de la felicidad, como bien saben los terroristas y los dictadores, que usan la violencia para provocar temor y aprovechar sus efectos paralizantes.

Quienes defienden lo indefendible en relación con la violencia machista no solo son insensibles al crimen, sino también a la infelicidad de mujeres con las que conviven.