El 7 de diciembre de 1977 varias docenas de feministas se encerraron en la basílica de San Miguel, en el Madrid de los Austrias, para reclamar una ley de divorcio. Mala suerte. En esa iglesia barroca, propiedad de la Nunciatura Apostólica y regentada por el Opus Dei, esa tarde había una boda. Tuvieron que esperar pacientes a que salieran los novios, bajo una lluvia de arroz.

Ana María Pérez del Campo, presidenta de la Asociación de Mujeres Separadas, se acercó entonces a la novia y le dio una tarjeta: "Toma, hija mía, que igual algún día la necesitas".

El cambio histórico que permitió equiparar los derechos de las mujeres con los de los hombres llegó en España gracias a unos pocos cientos de mujeres como ellas, activistas de organizaciones minoritarias, en algún caso vinculadas a partidos de izquierda clandestinos.

"Cuatro gatas", decían ellas mismas. "Cuatro locas", decían quienes recibían ese movimiento con hostilidad incluso en esos partidos, dirigidos por varones.

No todos entendían la equiparación de derechos en un país donde aún era delito el adulterio, cuatro días antes las mujeres no podían votar hasta los 21 años y si querían abrir una cuenta corriente tenían que ir al banco con el marido.

Esas cuatro gatas radicales, a las que hoy algún estúpido llamaría feminazis, lograron que se aprobaran reformas históricas como la Ley de Divorcio, contra el criterio de Fraga, de la Iglesia y de múltiples 'centristas'.

Es obvio cuarenta años después –basta ver las cifras de discriminación salarial y las de criminalidad machista– que para la igualdad efectiva queda mucho. Pero esas cuatro gatas se han multiplicado por un millón. Quien no quiera verlo, peor para él. O para ella.