Bueno, pues ya está, ya está girando a todo trapo la ruleta. Ya tenemos fecha para las elecciones, que, como es costumbre, no es la que más interesa a los ciudadanos, sino la que más interesa –o eso cree– a quien las convoca. La buena noticia es que Sánchez no ha prolongado su propio sufrimiento (las urnas dirán si agónico) y no ha intentado aguantar hasta otoño, como muchos temían.

Visto el patio, con una izquierda desmenuzada, cociéndose en su salsa, y una derecha crecida, jugando a ver quién levanta más la voz, sobrecoge pensar que en el mejor de los casos después del 28 de abril nos espere un largo periodo de inestabilidad y experimentos a la italiana, riesgo que está advirtiendo con preocupación la propia Unión Europea.

Igualmente sobrecogedora es la idea de un gobierno condicionado por quienes llegan a las instituciones a base de lemas toscos entreverados de insultos, pronunciamientos nostálgicos, apelaciones directas a la emoción, que no a la razón, y mentiras repetidas hasta la saciedad, para que se confundan con verdades.

Eso es lo mas difícil de digerir: los discursos emocionales y las falsedades que ya empiezan a formar parte del paisaje cotidiano, como esa tan común de que hablen en nombre de la Constitución quienes hace 40 años estaban en contra o sus directos herederos.

¿Se te ocurre algún antídoto contra la que se avecina? A mí, sí: la defensa de los valores europeos y los valores constitucionales, en lo que unos y otros tienen de valores encaminados a la convivencia y el progreso.

El hecho de que una parte de la izquierda –incluida la independentista, pero no solo la independentista– haya descuidado esa defensa contribuye a la penosa situación actual.