Llegar a la Fórmula 1 es un camino tortuoso, especialmente para los bolsillos. Sin una ingente cantidad de dinero o un patrocinador que pague la fiesta, es imposible que cualquier piloto, por muy bueno que sea, llegue a la cúspide de las competiciones de monoplazas. La existencia de estructuras de cantera como las que han establecido Red Bull, Mercedes o Ferrari palían este problema y, además, garantizan un constante flujo de jóvenes talentos a la competición.

El problema es que el precio a pagar es altísimo, especialmente en el caso de Red Bull. Dirigido con mano de hierro por el expiloto Helmut Marko, del programa de jóvenes pilotos de la casa de las bebidas energéticas han salido hombres como Max Verstappen, Sebastian Vettel (que es el ejemplo y caso de éxito de la estructura) pero también Jaime Alguersuari, Daniil Kvyat o Carlos Sainz. Estos tres son ejemplos de corredores que tuvieron que buscarse las habichuelas fuera de Red Bull porque les cortaron las alas.

¿Merece la pena vender el alma al diablo a cambio de un asiento en Fórmula 1? Tanto Alguersuari como Kvyat acabaron fuera de la Fórmula 1: el primero se gana la vida como DJ en Ibiza y el segundo está de piloto de simulador en Ferrari, algo que a efectos prácticos es estar prácticamente fuera de la competición.

Sainz ha tomado, por tanto, la mejor decisión posible. Vio venir que la situación se le había tornado muy complicada, y que estaba entre la espada y la pared. Como Ricciardo antes que él, el joven madrileño (que está muy bien asesorado, no solo por su padre sino también por Fernando Alonso) ha tomado una decisión que puede cambiarle la vida: de ser uno más entre la manada de Red Bull a ser líder de una escuadra como McLaren. Y sin necesidad de rendir pleitesía a nadie.