El vídeo de La Manada está entre los más buscados en webs porno, tanto que una de ellas, Xhamster, ha calificado el tema de preocupante. Desde las redes, una parte grita que se debería prohibir el porno porque es apología del machismo y de la cultura de la violación.

La otra tuitea que eso es como decir que los videojuegos fabrican asesinos, porque el porno es ficción. El supuesto amateur suele ser fake, y en su mayoría el porno es escenificación de fantasías. Representaciones con látigos o caricias, consentidas, cuyos límites son tan personales como la moral o el propio cuerpo. De ahí la demanda: 500 millones de webs que nadie ve de una industria millonaria.

Según el portal Pornhub, en España el 72% del consumo es masculino y el 28% femenino. No hay porcentaje de los que lo usan sin entender lo que es, pero igual se lo aclara el mensaje de Xhamster: el vídeo de La Manada nunca entrará en su catálogo porque es contenido criminal y ellos ofrecen entretenimiento. Un pasatiempo para el disfrute que algunos consideran tan peligroso como para exigir su cierre. En un tiempo en el que las libertades vuelven a estar cuestionadas, prohibir suena a paso atrás. Suena mejor educar.

El porno siempre ha formado parte de la educación sexual, aunque antes había que hacer una gymkhana para conseguir una revista y ahora está a golpe de clic. Según datos del INE, a los 10 años el 25% de los niños tienen móvil y a los 12 un 75%. Según mis datos, en clase de mi sobri de 9 varios ya tienen teléfono. Lo raro sería que lo primero que buscaran no fuera sexo. Al llegar hasta ese océano de genitales es fácil construirse la idea de que la reproducción que les contaron en Natu va de tener muchos músculos, estar pintadísima y aguantar una hora de bombeo.

El problema del porno llega cuando se equipara a sexo real. El porno es, eso, porno con el que disfrutar, aunque se hace difícil verlo así cuando hay un déficit en educación sexual. Quizá la explosión X hable de esa carencia en una sociedad que va de moderna, pero no lo es tanto. Hasta hace dos días, el sexo era un trámite por el que pasar con la luz apagada tras pisar el altar, y aún hoy hay cambios rápidos de canal en familia si asoma carne, como si esa fuera algo de lo que avergonzarse. La educación sexual de las generaciones venideras debe pasar por la revisión de la de las anteriores. La conversación sobre sexo no puede ser un tabú que absorba el discurso del porno. Tiene que llegar al salón antes que el móvil al colegio.

¿Que entonces tu hijo es el primero en sacar el tema? Lo contará mucho mejor que el que lo vio en Xvideos. La versión explícita no va a desaparecer (ni tiene por qué), pero se entenderá si se sabe antes que sexo y porno no tienen por qué ser lo mismo. También hay que contar que existe una parte del sexo que no se puede ver en ninguna pantalla. Y que justo esa es la mejor.