Dicen que se acabó la crisis, pero no hay vagón de metro sin alguien pidiendo una ayuda. La España de Pio Baroja sigue durmiendo en las calles, aunque ahora en los cartones subrayan que son de aquí. No quieren que los confundan con inmigrantes porque hay quien dice que esos no se merecen la caridad. La realidad es que esa no debería ser para nadie.

La caridad no corrige la desigualdad, vuelve poderosos a los que la ofrecen y sumisos a los que la reciben. Es la solidaridad de igual a igual la que busca un cambio de paradigma y por eso es parte de la esencia de un estado del bienestar como en el que vivimos, que debe proteger a sus ciudadanos (sobre todo, a los que no tienen recursos). Es terrible que haya personas abandonadas, pero lo es aún más catalogarlas como pobres de primera clase o de tercera.

Así lo ven los partidos de la nueva ultraderecha, esos que empezaron en silencio, haciendo reparto de alimentos solo para los suyos, y han acabado en el Parlamento Europeo. Disfrazan la xenofobia con un mensaje patriótico anticuado al que han puesto un nuevo envoltorio emocional, rollo posverdad, aunque si la ultraderecha ha asumido la lucha social es porque ahí había un hueco.

Hemos vivido años de políticas empeñadas en cuadrar cuentas, tanto que se les ha pasado que muchos ni siquiera tienen calculadora. Dicen los sociólogos que el recuerdo cercano de Franco hace difícil el avance de la extrema derecha en nuestro país, pero una tubería que gotea te puede inundar la casa. El gobierno de Sánchez tiene la oportunidad de cerrar todos los grifos del fascismo y asumir las políticas sociales como una prioridad. Para los del Aquarius. Para los del metro. Para todos.