Hace menos de un año, Asia Argento preguntaba en Twitter por qué el movimiento #MeToo había salvado a Woody Allen. No lo ha hecho, tiene una película sin estrenar y no encuentra financiación para la siguiente. La sentencia de Allen llega cuarto de siglo después de que cayera sobre él una acusación de pederastia, retirada por falta de solidez de las pruebas, y le lleva al ostracismo laboral en el que también se encuentran Kevin Spacey, Aziz Ansari y la propia Argento, despedida de Factor X tras la acusación de violación de un menor. Todos han sido sometidos a un proceso que no ha seguido el curso de la justicia, sino el del ajusticiamiento social. 

Los juicios paralelos siguen la tradición de amarillismo americano en el tribunal de las redes sociales, que han creado una nueva legitimación del discurso. Ahora la reconstrucción de los hechos puede ser un hilo escrito por un avatar y un nombre ficticio detrás de una arroba. El eco de esas opiniones populistas llega a amplificarse tanto que incluso el poder político cuestiona al judicial sin importarle la alarma social que pueda generar (aunque sí los votos que gane). Las voces disidentes frente al veredicto, como las que creen que Allen es una víctima de su ex, guardan silencio porque lo contrario puede convertirlas en cómplice. En los peores casos, participan por contagio del escarnio social al acusado, del que se espera un destierro como los de antes en los pueblos, solo que ahora no hay donde esconderse.

La justicia garantista, que antepone presunción de inocencia y cree en la reinserción, está en entredicho. Quizás es que merece una revisión, pero nunca debería seguir el dictamen de las leyes de la moral y el revanchismo, y menos en un tiempo en el que hay una profunda crisis del perdón. En el siglo XXI los errores se pagan toda la eternidad, como proclamaba el Antiguo Testamento.

Suena distante, pero la causa de esta vuelta atrás es el dinero que desapareció durante la crisis. La sociedad culpa a la gestión de las esferas de poder y ese es el objetivo a combatir desde entonces. Hollywood no es más que uno de los muchos escenarios en los que los billetes los cuentan los hombres. Tener poder, algo que debe estar repartido con igualdad de género, no es un delito. Abusar del estatus, agredir y violar, sí.

El necesario #MeToo del cine funciona como espejo en otros sectores de la sociedad. Los que olvidan que esto no es una lucha de sexos cuestionan el género del criminal ahora que hay una protagonista. Lo que de verdad aporta el caso Argento es el tuit en el que Rose McGowan afirma creer en la justicia. Esa es la única que debe dictar sentencia. Sus mecanismos son lentos frente a la rapidez con la que arden las hogueras, pero el fuego levanta humo que impide ver el horizonte. Allí hay un poder que, a diferencia del judicial, sí está en la mano de la sociedad aplicar: el de vivir en igualdad.