Maldita la hora en la que se me ocurrió ir al dentista. Tenía la típica molestia en una muela que anunciaba una caries, así que le pedí hora a uno bueno que me recomendaron. Tenía ojo, que me descubrió otra picadura más, con endodoncia incluida. También vio que la corona que lucía en un molar estaba a punto de caducar y me advirtió de que no podía esperar mucho más a ponerme el implante que tengo pendiente desde la legislatura de Zapatero. A partir de los treinta, al tumbarte en el sillón del dentista corres el riesgo de que te anuncie que tienen que hacerte la obra de El Escorial. El problema es que también necesitaba cambiar el colchón, que la ciática es otra de esas cosas que llama a tu puerta en la edad adulta, así que tenía que elegir entre la boca o la espalda. Así es la vida del autónomo con facturas pendientes. Cuando me dieron el presupuesto, descubrí que lo que tenía que elegir era qué banco robar.

Protestan poco, la suya es una profesión impopular con el cartel de sacacuartos colgado

Opté por buscar una segunda opinión de un dentista con menos cuadros en la sala de espera. Fui a una clínica de esas franquiciadas que son los Marco Aldany de las sonrisas; no había sido mi primera opción porque recordaba que en otras del estilo no solo blanqueaban los dientes, y un montón de pacientes se quedaron con sus tratamientos pagados inacabados, pero la diferencia de tarifas resultaba abismal. Al final, descarté hacerme el tratamiento en el Primark de los dientes porque la cifra total sumaba casi lo mismo. Me habían encontrado un par de defectillos más y lo que en la consulta del dentista carero tenía reparación, en la low cost se diagnosticaba como siniestro total con implante incluido.

Menos mal que la vela que puse en la Almudena hizo efecto y mis morosos me pagaron lo que me debían. Tras renunciar al colchón ergonómico, volví al dentista reputado al que le solté –medio en broma, medio en serio– que estaba pensando en abrir un Change.org para que la Seguridad Social cubriera algo más que extracciones, traumatismos y problemas que anulan la funcionalidad. Mis endodoncias, como por las que pasan la mayoría de los seres humanos, no entran porque se asocian a falta de prevención o higiene. El caso es que yo soy de los que usan cepillo eléctrico e hilo por prescripción de mi madre, que se deja medio plan de pensiones en la boca. Igual algo tiene que ver cómo vienes de fábrica.

Para mi sorpresa, el dentista me pidió que le avisara si montaba una manifestación. Se pondría en primera fila porque estaba a favor de aumentar la carta de servicios odontológicos que ofrece la sanidad pública. Descartaría tratamientos de estética pero, para el resto, aunque resultan costosos y los requiere una gran parte de la población, podría encontrarse una fórmula que facilitara su acceso. Se hace en otros países, sobre todo para niños, pero en España se ha generado el caldo de cultivo para justo lo contrario.

El capitalismo ha ganado mucho terreno a la sanidad pública, esa que están desmantelando

Hubo una ultraliberalización del sector a principios de siglo, consecuencia del boom de oferta de estudios de Odontología en universidades privadas. Después, llegaron las clínicas de bajo coste y las de las aseguradoras, en las que se sospecha que se abarata en materiales. Lo que es seguro es que han bajado la remuneración de los profesionales, a pesar de que las horas de trabajo se han estirado. La salud no puede ser low cost.

Mi dentista me aseguró que muchos de sus compañeros son de su cuerda, pero protestan poco porque la suya es una profesión impopular con el cartel de sacacuartos colgado. Lo cierto es que el dinero no puede ser el único motor para pasarse la vida atendiendo pacientes y, para los que lo sea, se hará difícil asumir la responsabilidad que conlleva.

Lo que también es cierto es que el capitalismo le ha ganado mucho terreno a la sanidad pública, esa que se está desmantelando, y la bucodental apenas entra en la ecuación. El que acumula varios ceros en el banco sonríe en las fotos, y al que no, le toca salir con la boca cerrada para que no se vea que la tiene como un piano. Pues igual hay que enseñar más los dientes para que todos tengamos derecho a sonreír.