Según el último CIS, al 70% de los españoles les interesan poco o nada las noticias relacionadas con las elecciones europeas. Los candidatos, menos Borrell y Junqueras, son completos desconocidos para más de la mitad de los encuestados. Paradójicamente, un 71,6% sabe que las decisiones que se toman en el Parlamento Europeo afectan mucho o bastante a la vida de los españoles.

La realidad es que desde Bruselas se marcan las directrices en comercio, sanidad, cultura, transporte, cambio climático y protección de datos. Además, tiene pinta de que tras estas elecciones allí también se decidirá si España es un país democrático.

Puigdemont y sus compañeros de huida, Comín y Ponsatí, tienen vía libre para presentarse a las europeas. Según el CIS les espera un escaño, pero han pedido a sus fans por crowdfunding 250.000 € para enviar papeletas y llegar más lejos. Ya han dejado claro que su objetivo no es llegar a las instituciones para hablar de los problemas de todos los catalanes, sino utilizarlas de altavoz para insistir en su causa ilegal del 1-O.

Los independentistas son expertos en campañas de comunicación internacional, así que Puigdemont ha anunciado una gira por Londres y Berlín para hacer campaña. Sus colegas ya han estado en la Bienal de Venecia diciendo que en España no se entiende que la esencia del proyecto europeo es la diversidad cultural. Se les ha pasado contar que la esencia del proyecto independentista es mirar al resto de España por encima del hombro, pero el caso es que la jugada europea les va a salir bien.

Si Puigdemont viene a Madrid a recoger el acta y le detienen por el camino, el numerito acabará debatiéndose en Bruselas; si consigue esquivarlo, también tendrá las portadas que busca. Pase lo que pase, ganan los independentistas y pierde otra vez la postal internacional de España. Los independentistas han conseguido con campañas como las de los vídeos Help Catalonia que a muchos les quepa la duda de si España es un Estado opresor que la democracia ni la huele.

No ha ayudado a mejorar la estampa la respuesta del Gobierno, ni del anterior que se lio a mamporros, ni del que ahora quiere continuar al frente sin decir con quién va a pactar ni a costa de qué. El conflicto independentista no se resolverá mientras una parte de las cabezas de la operación estén esperando sentencia y otras un nuevo cargo político bien pagado.

España no se merece que los problemas de identidad de la Cataluña más clasista rapten a Europa y pasen a un segundo plano los de las infraestructuras de Extremadura, el paro en Andalucía, la reconversión minera de Asturias o la especulación de la vivienda en Madrid. El 26-M hay que votar por los problemas que afectan mucho o bastante a los españoles, pero a los diversos de verdad.