Vox es el Trumpismo que parecía imposible que se instalara en España. Nos ha pillado desprevenidos porque estábamos ocupados tuiteando que la ultraderecha era el PP de Rajoy, ese que ahora parece almibarado. Abascal sí es el lobo que puede devorar libertades con las que califica de nuevas políticas rebeldes. Son tan antiguas como la 2ª Guerra Mundial. Lo novedoso es la pintura que permite que ya no avergüence apoyarlas.

Vergonzosa es la fiabilidad del CIS o que más del 40% de Andalucía no vote, quizá porque parecía que decidían por Cataluña. Los que lo han hecho han castigado a los que cambiaron al obrero por la corrupción y los que se mudaron de la acampada al chalet. No son solo franquistas y élites; Vox ha sabido capitalizar a los que se acabarán llamando white trash patria y que solo son víctimas de la pobreza de una tierra que el resto del país cree que está echando la siesta. Les ha gritado que el problema es la inmigración, no su pésima gestión institucional, y ha hecho bandera del miedo y la posverdad. También del odio que Podemos alimenta a base de opresores, oprimidos y alzamientos que fracturan aún más la Democracia.

Se insulta y avergüenza al votante de Vox, cuando lo que hay que ofrecerle es cuidado, una virtud humana en crisis como los valores que llevaron la sociedad al progreso. Vivimos un cambio de pensamiento que alza el egoísmo para llenar bolsillos sin que importe empobrecer la historia y el futuro. Es urgente recuperar las identidades políticas de los partidos mirando las necesidades reales de la sociedad, no los trending topics. Y urge cuestionar a sus líderes porque ninguno ha sido capaz de elaborar un verdadero discurso que silenciara el de la ultraderecha. Eso sí es vergonzoso.