Estrenamos 2019, el año de las elecciones europeas, autonómicas y municipales que despejarán las dudas sobre cuántos creen que aquí para gozar de derechos es necesario ser de pata negra. Así lo afirma la señora muy española del vídeo en el que amenaza a un dependiente, que ella cree muy inmigrante, con que el DNI tan pronto se da como se quita. Lo mismo opina el señor de otra vergonzosa grabación al que supuestamente empujó en el tren alguien poco español.

Para algunos, 2018 ha dejado una confusa huella rojigualda como la bandera que baila en el balcón de mi vecina. Está buscando inquilino para otro piso que tiene, pero dice que no quiere panchitos, que se meten veinte, y que lo rebaja si el pago es en B. Igual de sorprendente fue el alarde a voces que escuché en un bar a uno muy de izquierdas al que le cabreaba mucho lo de Vox. Bajó el volumen para contar que había convencido a su asistenta de que mejor no meterse en el lío del contrato para conseguir papeles, que perdería las ayudas y a él le saldría por un pico.

Muy españoles son Ana Botella y Rato. También Elena García Armada, creadora del primer exoesqueleto biónico del mundo, el patinador Javier Fernández, Muñoz Molina y Amaia de OT. Los delitos de unos y los logros de otros tienen más que ver con cómo viven que con dónde nacieron. Ser español solo ayuda a tener un futuro, justo lo que buscan los que se la juegan cruzando el mar.

2019 puede ser el año del racismo, una pseudociencia para otorgar derechos, pero también el de todos los viajeros del tren que silenciaron al increpador. Un año en el que la nacionalidad se deje de usar como arma arrojadiza y el valor lo otorgue lo único que de verdad nos une a todos: ser personas.