Un juzgado de Barcelona bloqueó la semana pasada dos webs piratas de películas por primera vez en España tras décadas de robos digitales, aunque igual ya ni hacía falta. Según el Observatorio de la piratería y hábitos de consumo digital, los torrents están de capa caída desde 2016. El streaming de Netflix y similares ha obrado el milagro de que ahora dé menos pereza pagar que buscar subtítulos para descargar. Eso sí, los datos dicen que la piratería de libros no se ha contagiado de esa tendencia a la baja. Doy fe, que cada cosa que publico me la encuentro al rato gratis en la red. Libros que paso miles de horas escribiendo se convierten con un par de clics en un PDF que llevarse por la cara.

Algunos ladrones argumentan en su defensa la lucha contra el sistema editorial que vende libros carísimos –del precio de los gin-tonics no opinan–, sin tener en cuenta que la piratería hace daño al editor que necesita acertar con lo que publica para mantener el puesto, al que diseña la portada, al librero que hace malabares para que su librería no eche el cierre, al bibliotecario que quería recomendarlo, a los lectores... Un accidente en cadena en el que los autores salimos disparados por el parabrisas.

Recibimos un adelanto por las futuras ventas y no vemos más hasta que se cubre con los royalties (10% del precio de venta, aunque hay casos peores). Las editoriales ya cuentan con el sangrado del pirateo, así que han bajado los precios de compra de manuscritos (algunas hasta a cero). Además, las páginas ilegales tienen banners, SMS para la descarga y más cosas que generan: A) pasta a costa del trabajo de otros; B) economías sumergidas.

Encima, no se puede protestar, que como tuitees que los que piratean te roban, te montan un boicot para que todo el mundo se descargue tus libros; que la cultura es libre. Se les escapa que 'libre' no es sinónimo de gratis. Sí lo es de 'bien social' que desde las instituciones se debe facilitar (más a personas sin recursos) y proteger, pero en el Congreso se habla poco de libros... Ciudadanos y PSOE quieren perseguir la piratería; Podemos, según el día, tiene claro el significado de la libertad cultural; PP habla de garrote para las webs, pero hay grillos cuando se apunta a las operadoras y dudas sobre culpar al usuario.

En general, se proponen soluciones al pirateo que suenan a intentar atar un mundo que internet ha llenado de brazos. La música encontró el parche –que no la solución– con los conciertos, pero los escritores no podemos hacer lecturas a pie de cama. Los Spotify de libros ya existen, son tan poco rentables como los musicales y no acaban de resultar atractivos. Hay que darle una vuelta al modelo, igual que al precio de los e-books, a las e-biblio públicas (aún suenan exóticas) y a la creación de una Biblioteca Universal Digital .

Los autores también nos tenemos que adaptar a la demanda, pero no puede ser la de que se regale nuestro trabajo. Para eso es necesario que la sociedad eduque la moral y le dé valor a los libros –no ayuda que en los colegios se mande a los niños castigados a la biblioteca–. Tenemos que hacerlo porque España ya tiene la cruz y hay lecturas de fuera que no llegan, porque saben que con la piratería no compensa la traducción.

Muchos autores sin ventas aseguradas quedan hacinados en circuitos minoritarios, a la gente se le quitan las ganas de escribir porque de eso no se puede vivir... A saber cuántos futuros clásicos se han quedado ya sin escribir. Al final, el mayor número de víctimas es entre los lectores.

Paradójicamente, hemos llevado los libros al peligro de extinción tras descubrir que podíamos tenerlos todos en un buscador de internet. El escritor Neil Gaiman dijo: "Google puede devolverte 100.000 respuestas, pero un bibliotecario puede devolverte la correcta". Yo digo que aprendamos a combinar lo tecnológico con lo humano y encontraremos la respuesta correcta junto a las mejores alternativas. Eso sí, hagámoslo por lo legal.