Si a alguien no le interesa que las aguas se apacigüen en Cataluña es a Puigdemont, justo al contrario de lo que le ocurre a Junqueras, que lo está deseando. Sus destinos se separaron cuando el expresidente catalán decidió fugarse de España, mientras que el presidente de ERC se ponía en manos de la justicia. A partir de ahí, la ruptura del independentismo era cuestión de tiempo.

Puigdemont quiere que Cataluña se separe de España cuanto antes, sea como sea, y Junqueras apuesta por dialogar, a la espera de que vengan mejores tiempos y, ya de paso, confiando en que su sentencia, en caso de ser condenatoria, se traduzca en un indulto.

En esas están. El expresidente de la Generalitat, que se ha inventado un Crida per la República con el que pretende aglutinar a todo el independentismo y así continuar de protagonista, se aferra a su escaño, a pesar de comprometer la mayoría independentista en la Cámara ante la mirada atónita de ERC. Y ahí está el problema.

Con esta situación, Puigdemont gana, aunque todos los demás pierdan. Gana, porque sigue de protagonista, continúa con su campaña electoral permanente y evita lo que más teme: pasar al ostracismo.

En política, como decía Adenauer, lo importante no es tener razón, sino que se la den a uno y, a juzgar por el resultado de las elecciones pasadas, los ciudadanos independentistas se la dieron frente a ERC. Ya veremos qué ocurre en caso de nuevos comicios, que, a juzgar por lo acontecido, serán más pronto que tarde...

Con este panorama en Cataluña, ¿qué deberían hacer los partidos constitucionalistas? Dados sus desencuentros, ver los toros desde la barrera y, de momento, esperar.