Llevamos todo el verano dándole vueltas a Franco, como si nos fuera la vida en ello; quitando y poniendo lazos amarillos, como si no tuviéramos otra cosa que hacer; y, ahora, nos estamos enzarzando con másteres y tesis mientras los expertos alertan de que los indicadores económicos están dando muestras de desaceleración.

Este sábado se cumplen 10 años de la quiebra de Lehman Brothers, un golpe que hizo tambalear la economía mundial. ¿Y de eso quién habla hoy? Pues pocos, la verdad. La economía ha dejado de ser noticia, aunque me temo que no por mucho tiempo.

Los analistas han coincidido en corregir las previsiones de crecimiento en España a la baja ante la mirada impasible de la ciudadanía; sin ir más lejos en agosto se ha registrado la mayor pérdida de empleo desde 2011 en este mes; el turismo está dejando de ser la gallina de los huevos de oro y hasta Inditex ha aminorado su ritmo de crecimiento. Todo ello, mientras que en España se están dejando notar los efectos de la política de Donald Trump, a la espera de un brexit que está por llegar. ¿Y con este panorama, qué hacemos en España? Pues no mucho.

Los Presupuestos Generales del Estado para 2019, que deberían contemplar medidas de crecimiento, están en el limbo y parece que no se van a aprobar; los inversores están a la espera de si suben o bajan los impuestos; la patronal pide a gritos estabilidad política y económica; mientras que muchos ciudadanos están haciendo números para pagar el alquiler, que ha subido más de lo previsto. Decía el filósofo Confucio que cuando el sabio señala a la luna, solo el necio mira el dedo. A juzgar por el panorama nacional, parece que aquí estamos con el dedo a vueltas.