Los dos debates que han mantenido los cuatro principales candidatos a las elecciones desde luego que no han servido para mostrar quién será el mejor presidente del Gobierno, pero sí para influir en las elecciones del 28-A, más teniendo en cuenta el número de indecisos –un 40%, según el CIS– y que no se vislumbra una mayoría clara.

Que este tipo de actos afectan al resultado de los comicios se vio ya en 1960 en el primer debate televisado de la historia entre Kennedy y Nixon, que fue visto por 70 millones de estadounidenses y que propició una ajustada victoria del primero: solo por 100.000 votos. Esto demuestra que con que Kennedy hubiera convencido solo al 0,14% de los espectadores, la victoria estaba servida.

Los convencidos normalmente se quedan como estaban tras un debate y ocurre como en el fútbol: los de un equipo defienden que jugaron mejor los suyos y viceversa. Se puede comprobar en las redes sociales.

Pero, ¿qué sucede con los indecisos, con aquellos que no van a los mítines y no leen los programas electorales? Los debates van dirigidos a estos ciudadanos, a los que ven en este tipo de eventos la única ocasión para contrastar partidos y programas; parte de los cuales han dejado ya el 28-A visto para sentencia.

«De golpe, se acercan unas elecciones y no sabes a quién votar. Sé lo que no quiero votar, pero lo que quiero votar no lo veo. Eso produce una impotencia enorme y los políticos deberían darse por aludidos». Esta reflexión que se le atribuye a Almodóvar refleja una realidad palpable. Los partidos deberían analizar el porqué no son capaces de convencer a unos ciudadanos que, en demasiadas ocasiones, optan por el mal menor

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