Comenzó el primero de los tres Clásicos dando la sensación de que el Real Madrid definitivamente había resucitado. Durante los 50 primeros minutos estuvo serio, solidario, muy intenso, concentrado, agresivo y mareante a los ojos de un Barça muy despistado por la velocidad sorprendente del Madrid en la presión y en la salida del balón.

Durante el brillo del espejismo blanco, el Real Madrid pudo haber sentenciado la eliminatoria de Copa pero al final del primer tiempo sólo el gol de Lucas Vázquez le mantuvo en ventaja porque Vinícius y Llorente no acertaron las dos claras oportunidades. Después, el brillo se opacó y el Barça comenzó a asomarse tímidamente al balcón del área del Real Madrid que le entregó el espacio, el tempo y el balón hasta el punto de que Malcom, huérfano de Marcelo, empató el partido.

Con la salida de Leo Messi los madridistas se asustaron y se replegaron aun más sin que nada relevante sucediera. Bueno, perdón, se me olvidaba hablar de la gran estrella galesa. Mientras que el juvenil Vinícius creó terror en la defensa del Barça, el ¿gran? Bale desperdició un balón de oro que le había dado el genial Benzema para marcar y que Gareth volvió a fallar dejando en el aire una eliminatoria que ya podría estar sentenciada.