La pregunta es sencilla: ¿cómo es posible a estas alturas que un demócrata siga defendiendo o justificando o no condenando la política dictatorial de Nicolás Maduro en Venezuela? Cada cual puede tener sus fobias y sus filias, interpretar la realidad de una forma u otra, estar más cerca ideológicamente del capitalismo o del socialismo. Todo eso es válido, legítimo e incluso necesario para establecer una dialéctica enriquecedora sobre modelos de sociedad, todo vale, pero solo hasta el momento en el que se enfrenta a una realidad que atenta contra los derechos humanos y se proclama con la mayor tranquilidad la antidemocracia: "Si Venezuela fuera sumida en el caos y la violencia y fuera destruida la revolución bolivariana, nosotros iríamos al combate, jamás nos rendiríamos. Lo que no se pudo con los votos, lo haríamos con las armas". Bueno, parece que la cosa está clara, tan clara como la tenía José Antonio Primo de Rivera cuando afirmaba "bien está, sí, la dialéctica como primer instrumento de comunicación. Pero no hay más dialéctica admisible que la dialéctica de los puños y de las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la Patria". Pistolas, armas, votos, patria, revolución; qué miedo da cuando todos estos conceptos se mezclan para defender lo indefendible, para justificar lo injustificable.

Todo vale, pero solo hasta que se enfrenta a una realidad que atenta contra los derechos humanos

Nicolás Maduro, el hombre que habla con los pájaros y expropia sobre la marcha, el presidente que ha arruinado a un país –y hay suficientes ejemplos de ello para no creer en conspiraciones propagandísticas–, el político que encarcela por cuestiones ideológicas a sus opositores, que cierra los medios de comunicación que osan criticarle y que reprime las manifestaciones provocando la muerte de casi 80 personas en los último tres meses, ese hombre no tiene el menor inconveniente en asegurar ante el mundo: "Lo que no se pudo ganar con los votos, lo haríamos con las armas". Y aún hay quien lo defiende, lo justifica o no lo condena. Allí sigue Rodríguez Zapatero "intermediando" entre los que torturan y los torturados; ahí siguen muchos de Podemos guardando –en el mejor de los casos– un ominoso silencio frente a realidades que son ya irrefutables.

No se puede ser equidistante frente a ninguna dictadura

Y lo último es el extraño caso del policía científico y actor que roba un helicóptero, graba un insólito vídeo y se lía a balazos desde el aire contra la sede del Tribunal Supremo. ¿Pensaba que así iba a derrocar a Maduro o más bien todo lo contrario? ¿Cuántos días le quedan a la fiscal general prohibida su salida del país?

No se puede ser equidistante frente a ninguna dictadura aunque venga disfrazada. No estaría mal reconocer que lo que en un momento dado pudo ser una esperanza es hoy una mordaza para la libertad.