Cuando las llamadas 'redes sociales' no existían y en internet apenas tenían presencia los periódicos, uno sabía a qué atenerse, sabía que debería redactar diciendo 'hoy' lo que en realidad era 'mañana' y 'ayer' a lo que estaba ocurriendo 'hoy' porque entre el lector y la noticia o el comentario mediaba siempre un día. Ya no. Escribimos ahora sobre las elecciones de Cataluña sin tener ni idea de los resultados y sabiendo que los lectores leerán estas líneas cuando todo haya quedado claro en las urnas.

El problema es que uno intuye que después del recuento y la adjudicación de escaños –que una cosa son los votos y otra los escaños– todo seguirá siendo confuso y, por más que unos y otros echen cuentas, no va a ser nada fácil formar un gobierno que garantice la vuelta a la normalidad porque se han roto demasiados lazos ya entre los partidos, entre los políticos y, lo que es peor, entre la familias, en la propia sociedad catalana. Si hay algo lejano ahora en Cataluña, es la normalidad política; la otra, la de la ciudadanía, la de las gentes que van y vienen es otro cantar que se canta sin problemas. Lo malo es lo más público y lo más íntimo: los políticos y las familias. Es ahí donde las brechas se abren como heridas y donde la reconciliación va a necesitar tiempo y mucho bálsamo por dos motivos que, además, se contradicen: mientras en la clase política se trata de hablar lo más posible y llegar a decir incluso estupideces del contrario y hasta de antiguos socios, en las familias se evita como mejor se pueda tocar ciertos temas que se han convertido en una fuente de conflictos.

No hay una salida sencilla sean los que sean los resultados. Los constitucionalistas no van a apoyarse ni tan siquiera a abstenerse para que sea uno de ellos el que se encargue del futuro si es que así lo posibilitan los escaños. Pero los independes han entrado ya en una guerra abierta con un líder en la cárcel y el otro, el que pretende emular –digo yo– al mítico Tarradellas, en lo que él mismo califica como 'exilio', una palabra demasiado honda para frivolizar con ella.

No va a ser fácil formar un gobierno que garantice la vuelta a la normalidad: se han roto demasiados lazos

¿Qué se puede hacer ante este panorama? Da igual esperar los resultados salvo enormes sorpresas de última hora que casi nunca se dan. Poco; reflexionar sobre nuevas elecciones a la vuelta de la esquina o esperar que la sensatez se imponga y la DUI y el 155 no sean más que un recuerdo de un momento convulso para todos. No va a ser fácil que esto pase porque unos y otros han llegado ya demasiado lejos, pero el Gobierno de Rajoy debería ser consciente del viejo refrán "pleitos tengas y los ganes· y los independes de que por el camino de la unilateralidad y el vacío exterior no hay salida. Alguien debería dar el primer paso y, una vez dado, el otro alguien debería hacer lo propio. ¿Pero cuál es ese primer paso? Esa es la cuestión.