Querido Manolo:

Ni te imaginas cómo recuerdo en estos días mis visitas embobadas a la Barcelona de aquellos años nuestros, las entrevistas que se alargaban sosegadamente en un viejo café de una ciudad que era ya casi Europa; ni te imaginas cómo recuerdo la sonrisa tímida con la que me contaste aquella idea disparatada —fueron tus palabras— que te rondaba en la cabeza: una posible novela que iba a protagonizar un detective gallego, un tal Pepe no sé qué y la muerte de Kennedy. Y recordando todo eso, he buscado en el chivato internet las conversaciones que tuvisteis en el 2002 tú mismo con Lluís Llach y el profesor Víctor Sampedro. El resultado de aquel encuentro se publicó bajo el título Ciudadanos de Babel. Recojo un extracto en esta carta entresacado de una reseña de El País (septiembre 2015) para meditar en estos días angostos:

M. V. M.: Bueno, creo que el nacionalismo tiene un cierto riesgo de derivar hacia una forma de fascismo, según como se interprete o analice.

Ll. Ll.: Está clarísimo.

Personalmente no me siento independentistaM. V. M.: La defensa del derecho nacional me parece legítima hasta que no se produzca una situación de auténtica igualdad de oportunidades y para evitar que se manipule la propia identidad. Ahora bien, cuando pasa a ser un factor excluyente, que persigue todo aquello que no adopta exactamente la misma posición, reproduce el discurso único al que se opone por otros procedimientos.

Ll. Ll.: En mi caso, por ejemplo, me niego a ser nacionalista de barretina, bandera y fronteras. Es que me niego. Me jodería mucho haber participado en alguna cosa de ese tipo. Y si lo he hecho, dimito inmediatamente de mi nacionalismo.

M. V. M.: (...) Las razones para defender la identidad catalana resultan obvias. Los motivos para sentirte integrado dentro de una comunidad española yo, al menos, los tengo claras también, por cuanto reconozco muchas raíces comunes con el resto de la gente. No tengo, en cambio, ninguna conexión con la idea metafísica de España.

Ll. Ll.: Para que la gente pueda entenderse ha de disponer de un léxico más o menos de verdad. España y ninguna otra entidad nacional no se construyen si funcionamos desde mentiras históricas. (…) Siempre me he mantenido muy en contacto con el independentismo, pero personalmente no me siento independentista. Se podría afirmar que el independentismo catalán se justifica solo porque no hay un proyecto español capaz de desmotivarnos.

Un abrazo, Manolo, y buen provecho. Andrés Aberasturi