La inteligencia suele medirse mejor en el magma cromático de los grises que en el mundo bipolar del blanco y negro. Y resulta que el abogado de Joaquim Forn, Javier Melero, es un hombre inteligente. La víspera de la reanudación del juicio del procès, este martes, el letrado hizo unas declaraciones a 'Punt Avui' en las que se mostraba optimista sobre el desenlace de la Vista y declaraba sin subterfugios la ecuanimidad del tribunal y de su presidente, justificándola en la necesidad de preservar su propia reputación.

Por supuesto, Melero argumentaba en favor de su cliente la inexistencia de delitos de rebelión o sedición. Sin embargo, admitía la existencia de violencia, eso sí, en grado insuficiente. Además, si bien lo pronunciaba en forma de frase subordinada, dejaba sentado que la acusación de fiscalía podía ser desproporcionada pero "no es irracional". A su juicio, lo más que se podría probar sería una "incitación a los desórdenes públicos".

En realidad, la pregunta a la que se enfrenta el Supremo, balanza en mano, no es si hubo poca o mucha violencia en Cataluña, sino si el intento de secesión pudo llegar a producirse sin violencia. Algo que, ciertamente, estuvo muy claro el 23-F, pero está siendo mucho más discutido respecto del 1-0. Tal vez sí, tal vez, no... Las propias acusaciones podrán revisar sus informes, al final del juicio.

Sea como sea, lo cierto es que al cabo de casi dos meses y un largo desfile de agentes, ya ni la defensa (inteligente) sostiene que la violencia fue instada por los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Y de aquellos presuntos 900 votantes heridos de los que hablaron los propagandistas del procès sólo ha quedado constancia de 72 partes médicos... de funcionarios lesionados.

Este martes, el propio Melero tuvo que emplearse en horadar el férreo y explícito testimonio de un mando policial sobre la pasividad de los Mossos en el cumplimiento de la orden judicial de impedir el referéndum; sobre los 271 informes en los que el Cuerpo autonómico llegó a espiar la posición de los vehículos policiales —en un caso, incluso, llegó a interceptarlo—; o sobre los casos de agentes autonómicos que se alinearon con los votantes.

Su intento fue en vano, pero el interrogatorio dejó claro que, si tal era la actitud de los Mossos, y tal la desconfianza del Estado, con el auto en la mano que daba capacidad operativa al coronel coordinador Pérez de los Cobos, Policía y Guardia Civil podían haber actuado días u horas antes de la desastrosa mañana del 1-0. La inteligencia, como la verdad, se mueve entre los grises.