El pollo independentista

A finales de diciembre de 2017, los partidos separatistas consiguieron una nueva victoria electoral en Cataluña. Tampoco esa vez tuvieron más votos que los no independentistas, pero el reparto de escaños establecido por la Ley Electoral les permitió disfrutar de mayoría absoluta en el parlamento autonómico. En esos días, el recién fugado Puigdemont reunió a sus conmilitones y henchido de euforia les dijo que «Espanya té un pollastre de collons» [España tiene un pollo de cojones]. Esta cita escasamente churchilliana estaba, sin embargo, cargada de razones. España, en efecto, tiene un problema. Pero era, a la vez, una cita parcial, porque el pollastre que tienen los independentistas está fuera de control.

Sacar a las masas a la calle se puede conseguir si, como los independentistas, se fabrica un relato y se es capaz de difundirlo con habilidad. Lo difícil es frenar los impulsos más extremos. El resultado ha sido el salvajismo desatado por varios miles de vándalos, como si hubieran querido desmentir la sentencia del Tribunal Supremo cuando dice que los episodios de violencia de septiembre y octubre de 2017 no eran suficientes para justificar una condena por rebelión.

Sacar a las masas a la calle se logra si se fabrica un relato y se difunde hábilmente

Llegados a ese límite, hasta los líderes del llamado procés se convierten en cobardes a los ojos de quienes lo quieren todo y lo quieren ya, que es exactamente lo que les habían prometido. Es entonces cuando el monstruo, incapaz de conseguir hacia fuera todo el alimento que desea, empieza a alimentarse con lo de dentro. Y hasta Gabriel Rufián se ve obligado a abandonar una manifestación, acusado por los suyos de traidor. ¡Él, que en su día fue el gran inquisidor contra los botiflers! Porque fue Rufián quien publicó en octubre de 2017, después del referéndum ilegal, aquel famoso tuit de «las 155 monedas de plata», la mañana en la que Puigdemont estaba a punto de convocar elecciones en lugar de proclamar la república, para evitar que Rajoy le aplicase el 155.

Ese mensaje provocó una oleada de tuits y una concentración frente al Palau de la Generalitat acusando a Puigdemont de traidor. También fue Rufián el apóstol que defendía la necesidad de poner urnas sin pausa para organizar referendos. El mismo Rufián que entre abril y septiembre suplicó a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias que acordaran una investidura que evitara poner las urnas otra vez en noviembre, no fuera a ser que ganara la derecha. Las urnas son buenas si la votación la gano yo.

Y ahora, Joaquim Torra responde a la sentencia del Supremo y a la violencia de sus CDR prometiendo otro referéndum. El tercero, después del 9-N de 2014 y del 1-O de 2017. Si aquellos no tuvieron validez alguna, ¿para qué serviría uno nuevo? Pues para montar otro pollastre.

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