10-N: miedo al vacío

Pedro Sánchez bajando del avión en una imagen de archivo.
Pedro Sánchez bajando del avión en una imagen de archivo.
EFE

Los trabajadores de una obra picaron el suelo y toparon con algo más sólido que la arena circundante. Optaron por rascar la tierra con los dedos hasta dar con una pieza metálica. Habían encontrado un obús. Era el pasado 22 de abril. Faltaban solo seis días para las elecciones convocadas por Pedro Sánchez tras fracasar en su intento de aprobar los Presupuestos. El obús estaba en la Casa de Campo de Madrid, zona de intensas batallas durante la Guerra Civil.

Este lunes, también a seis días de las elecciones del 10 de noviembre, no caían obuses sobre la Casa de Campo. Pero allí se celebraba el único debate de la campaña entre los candidatos a la presidencia del Gobierno. Mejor así. Y durante una de las dos pausas de ese debate, Pablo Iglesias y Santiago Abascal departieron amablemente. Es posible que hablaran de naderías, porque una cosa es ser amables y otra, ser amigos. No están obligados a serlo, ni falta que hace. Pero desde la inmensa distancia política que separa sus partidos, resultaba que los únicos líderes políticos que se dirigían la palabra –y casi la mirada– eran los dos que más alejados están en el espectro político. No es mala cosa.

Los únicos líderes políticos que se dirigían la palabra eran los que más alejados están

Podrá ser, simplemente, una escena alegórica, pero tiene su significado. Porque, al límite de la cita con las urnas, son Iglesias y Abascal los dos líderes políticos que, impostados o no, aparentan más seguridad en sí mismos y se muestran más convencidos del acierto de sus estrategias de campaña. El líder de Unidas Podemos ha dicho en La Razón que quiere llegar al Gobierno antes de retirarse de la política. Y sabe que Pedro Sánchez estará atrapado en un laberinto sin salida en el caso de que el 10 de noviembre los votantes no le entreguen con claridad las llaves de la Moncloa. Más todavía, si lo que le muestran es la puerta de salida.

Al líder de Vox no le interesaba una repetición electoral tan temprana. Sus 24 diputados de abril eran suficientes para empezar a caminar por las vías institucionales. Pero ahora navega con viento de popa en los sondeos (suponiendo que los sondeos sean de fiar), y cree que puede subir escalones parlamentarios hasta convertirse, sin esperarlo, en una fuerza política determinante, a pesar de la "alerta antifascista" lanzada por la izquierda en las elecciones de abril.

Y, entre Vox y Unidas Podemos, los demás partidos tensan sus mandíbulas (Pedro Sánchez las tensa literal y visiblemente a cada minuto). El PSOE, aterrorizado ante la posibilidad de perder escaños en lugar de ganarlos. El PP, ante el temor de que las expectativas de crecimiento sean una ensoñación. Y Ciudadanos, ante el riesgo de convertirse en un partido residual.

Hórror vacui. Miedo al vacío que pueden hacerte sentir los votantes cuando creías haberlos seducido desde el Gobierno (PSOE) o desde la oposición (PP y Ciudadanos).

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