Verónica Forqué, 'MasterChef' y cuando lo competitivo no fue saber cocinar

Verónica Forqué renunciando anoche a 'MasterChef'
Verónica Forqué renunciando anoche a 'MasterChef'
RTVE

Si 'MasterChef' sólo fuera una competición de buenos cocineros, Verónica Forqué ya hubiera sido eliminada hace semanas. Ni cocina de manera exquisita ni ejemplifica la responsabilidad y el compañerismo del trabajo en equipo. Pero, que nadie se engañe, 'MasterChef Celebrity' no es una competición culinaria al uso: es un espectáculo de televisión en el que es evidente que se ha protegido a la actriz porque reparte juego sin contención. Su personaje de incontrolable diva no tiene piedad ni consigo misma. Tanto que ha terminado causando baja, agotada de tanta intensidad. Pero el formato ha seguido cuidando narrativamente a Forqué. Incluso en su apoteósica despedida de anoche, ya que su implicación sigue siendo vital para la dinámica del show.

Verónica Forqué está de vuelta del qué dirán. Si va a 'MasterChef' se lanza a 'MasterChef' con tal ahínco que se ha transformado durante semanas en el antagonista necesario de cualquier reality. Sin malos no hay buenos y en las versiones de talents shows con personalidades vips a veces es complicado encontrar tal contrapunto negativo. Los famosos se preocupan de cuidar su reputación. Sin embargo, las grabaciones de 'MasterChef' son tan largas que se puede crear un clima en el que el popular se olvide de su personaje y, entonces, se muestre de otra forma en la que nunca se le ha visto. Para bien... y para mal.

Es el superpoder que propulsa al éxito a 'MasterChef Celebrity': muestra a celebridades de primer nivel fuera de su área de confort. Y el espectador está deseoso de toparse con referentes lejos del artificio de su rutina mediática. Hasta aprende con ellos al ver cómo se desenvuelven en la cocina.

Pero para mantener el interés y el éxito de un programa de duración tan extensa debe existir un equilibrio perfecto entre humor, conflicto, evolución de los participantes y aporte de divulgación gastronómica. 'MasterChef' lo consigue. Aunque igual se les empieza a ir un poco la mano de más con la pelea, que también puede saturar al personal.

"El público está más saturado del enfrentamiento de lo que en los propios fogones de la tele se cree".

Al final, de esas cuatro rotundas palabras (humor, conflicto, evolución y contenido con aporte y otorgue más chicha), conflicto es vital para los creadores de realities. Ahí está el mito de que la pelea sube el share. Y para que fluya el conflicto siempre debe existir un contrapunto que propicie la implicación del espectador. En 'MasterChef' el propio jurado ejerce la cizaña en bastantes ocasiones, pero también es necesario dibujar el carácter de un malo imprevisible entre los concursantes. Y Verónica Forqué ha desempeñado esta función sin titubear. Hasta con maestría. Ha podido enfadarse y hasta evidenciar un caprichoso punto déspota, pero siempre desprendiendo una imperfección humanizadora que relativiza sus malos modales en pantalla.  Lo que hace de Forqué muy competitiva para el programa: es una antagonista entrañable. Pero esa intensidad de vivirlo también ha acabado con su participación antes de ser expulsada. Seguramente la exhaustiva dinámica de rodaje de 'Masterchef' ha sido demasiado para ella, un alma libre. Otra cosa es que se la repesque la próxima temporada. Su temperamento de andar por casa y sin demasiados filtros es a priori atrayente. Así que el formato pinta que lo intentará seguir aprovechando. 

No obstante, el triunfo de 'MasterChef' no está tanto en el conflicto previsible de reality entre los concursantes como en su capacidad para trasladarnos a un universo aspiracional de personas superándose a sí mismas con una materia prima que está al alcance de todos: la cocina. Un programa que se sustenta más en hacer la boca agua con la evolución de sus participantes que con ver cómo sus concursantes pierden el control.  En este sentido, Verónica Forqué ya había cumplido de sobra el ciclo en el programa. Y parece que lo ha visto ella antes que el propio programa. Porque el público está más saturado del enfrentamiento de lo que en los propios fogones de la tele se cree.

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