Torrijas y balcones

Carmelo Encinas  Director de Opinión de '20minutos'
Unos vecinos de la Cala de Mijas (Málaga), representan de balcón a balcón, con una maqueta y unas cuerdas, la procesión del Cristo de los Gitanos.
Procesión desde los balcones en Málaga.
Jorge Zapata / EFE

Esta Semana Santa nos dio igual que lloviera o no. La relevancia que cobraba en estas fechas el trabajo de los meteorólogos la tumbó la pandemia. Sus partes de previsiones siempre fueron muy comprometidos porque si anunciaban borrascas que luego no aparecían sobre ellos caía todo el peso iracundo del sector hostelero por espantarles la clientela en un periodo fundamental para sus economías. Pero esta vez importó poco que acertaran o no, el virus nos robó los planes y, encerrados en casa, el tiempo atmosférico es irrelevante. Ni procesiones, ni playas, ni montañas, tampoco escapadas al extranjero. El viernes santo, tradicionalmente uno de los días más festivos y ociosos del calendario, pasó este año prácticamente inadvertido, como una jornada más del confinamiento que empieza a minar nuestra exigua resistencia a la insociabilidad.

Este país lleva con mucha resignación lo de encerrarse en casa. La estructura social, y las formas y hábitos con que nos relacionamos, todo eso que desde mediados de marzo nos cortaron en seco, forma parte de la explicación que los expertos encuentran del porqué, al margen de errores e imprevisiones, España e Italia estuvieron a la cabeza de la extensión y mortandad de la pandemia. Los españoles como los italianos somos de mucho besar y de abrazar. Pueblos mediterráneos a los que les gusta la calle y para quienes cualquier excusa es válida con tal de juntarse con la familia o los amigos. Somos de reunir a hermanos, tíos, sobrinos y primos y, sobre todo a los abuelos con los nietos. Esta última relación, es particularmente relevante por el papel que los jubilados asumen habitualmente en el cuidado de los críos y que, en tiempos de pandemia, resulta explosiva. Mientras que, a tenor de los pocos casos registrados, y la ya contrastada incidencia mínima en su salud, los niños pueden ser portadores prácticamente asintomáticos o estar incluso inmunizados, a sus abuelos el contagio les puede costar la vida. En términos demográficos España es un país muy envejecido y la acción del virus en las residencias de ancianos ha sido devastadora.

Otro factor que se contempla como determinante de la propagación es el clima. Ese ambiente seco y templado que, según los estudios realizados, tan confortable le resulta al Covid-19. Hay estudios que muestran como este virus se ha extendido con más virulencia en una franja del hemisferio norte con temperaturas medias entre los 5 y los 11 grados y una humedad relativa entre el 47% y 79%. Informes que permitirían acariciar el supuesto de que, según nos acerquemos al verano y las condiciones ambientales sean más cálidas, las posibilidades de contagio, al igual que ocurre con los procesos gripales, sean mucho menores.

Con esa esperanza y la de ir constatando que lo peor va quedando atrás hemos ido pasando esta Semana Santa del 2020 que nunca olvidaremos. En las calles no hubo costaleros ni capirotes pero tampoco atascos en las carreteras. A cambio se disparó el consumo de Internet y de televisión, donde las series terminarán batiendo récords de audiencia hasta ahora nunca imaginados. Quienes lo viven más espiritualmente tuvieron mucho tiempo para orar. Por lo demás solo las torrijas y los balcones, con saetas o tambores, lograron recordarnos la semana en que estamos.  

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