¿Más impuestos? Si, quizás, por fin, depende… ¿a quién?

Susana Ruiz  Responsable de justicia fiscal de Oxfam IntermónOPINIÓN
El presidente de EE UU, Joe Biden, informa sobre la evolución de la campaña de vacunación contra la covid-19 en su país, en la Casa Blanca.
El presidente de EE UU, Joe Biden.
OLIVER CONTRERAS / EFE

Hace una semana, el FMI sentenciaba que hay que gravar más a los ricos para que ayuden a pagar el coste de la recuperación, porque los impuestos a la riqueza y el capital "tienen un claro efecto en la reducción de la desigualdad”. Parece una idea rompedora viniendo de quien viene, pero según el último ranking de Forbes, el 86% de los milmillonarios del planeta son hoy más ricos de lo que lo eran hace un año. Una realidad que contrasta con la de los millones de empleos perdidos en todo el planeta como resultado de la parada económica

¿Radicalidad o sentido común? El FMI iba más allá e incluso se atrevía a apostar por impuestos temporales a los beneficios extraordinarios de grandes corporaciones durante la pandemia. Porque ¿cómo aceptar que un cine, por ejemplo, haya tenido que cerrar sus puertas por confinamientos y restricciones, mientras que cualquier plataforma de streaming ha disparado el número de usuarios y, claro, sus beneficios? En Oxfam Intermón calculamos hace unos meses que con lo que se podría recaudar con un impuesto así sobre apenas 50 de las mayores y más rentables empresas del planeta, se podría garantizar el acceso a la vacuna universal contra la Covid-19.

El presidente Biden también agitaba los pilares de la ortodoxia fiscal cuando anunciaba el día anterior un mastodóntico plan de infraestructuras para reactivar la economía. ¿Y cómo conseguiría los 2,25 billones necesarios para financiarlo? ¡Oh! elevando el impuesto de sociedades a las grandes corporaciones al 28% dentro Estados Unidos y al 21% sobre los beneficios generados fuera del país. Janet Yellen, su secretaria de Estado, daba un paso más y se comprometía a alcanzar un consenso internacional que ponga un suelo mínimo mundial a lo que cada empresa pagaría en cada territorio en el que opere. 

Es una declaración de guerra contra la competencia fiscal, contra la carrera a la baja para ver quién ofrece menos (a unos pocos) y el principio del fin de la elusión fiscal. ¿Que Irlanda quiere seguir siendo una guarida fiscal con un impuesto de sociedades del 12,5%? Poco importará si Estados Unidos o Argentina o cualquier otro país como España pueden recuperar la diferencia en impuestos no pagados hasta el 21%.

Seamos claros, cuando instituciones como el FMI o la primera potencia mundial marcan el rumbo, el efecto de arrastre es inevitable.

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