Caso Nevenka: acoso y derribo

Rebeca Marín  Periodista y escritoraOPINIÓN
Nevenka Fernández
Nevenka Fernández
Cinemanía

He visto el documental de Nevenka, voy tarde, a estas alturas se ha hablado mucho de él, pero nadie se ha centrado en la importancia del lenguaje. Ese que nunca se cuenta dentro de los problemas reales porque hay cosas más importantes, pero que es la herramienta más potente, útil y efectiva de la política.

En esos años el acoso era una práctica nada conocida, o más bien, conocida, pero no reconocida. Nevenka dice en el documental: "Cuando me nombraron la palabra acoso, al principio estaba desconcertada, no sabía su significado, aplicársela a una misma es difícil y no podía considerarme débil". Un tiempo después, reconociéndose víctima, añade: "Ahí empezó la otra Nevenka, cuando pusimos un nombre a lo que me estaba sucediendo". Nombrar las cosas es hacerlas reales, reconocerlas. Lo que no se nombra no existe y no nombrar determinadas realidades, ya saben, conviene a algunas personas. Si no se dice, no existe el problema.

"Si te quitan la palabra, te arrebatan el pensamiento"

Hasta 1969 'alunizar' no existía porque nadie antes había ido a la luna. Se creó una palabra para nombrar una realidad que acababa de nacer, así que, si la realidad existe, aunque no se nombre (en los 90 las mujeres no denunciaban, no había datos oficiales y las macroencuestas de violencia machista empezaron en 1999), hay que bautizarla. Porque con cada bautismo hay una redención, la de Nevenka y muchas otras más que han venido después.

Es lo que tiene el lenguaje, que identifica realidades y muchas veces las transforma. Orwell ya inventó una neolengua para someter más a la sociedad de su novela 1984, y es que la lengua conforma el pensamiento; si te quitan la palabra, te arrebatan el pensamiento. Y piénsenlo bien, primero vino el acoso y después el derribo.

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