Que las redes vuelvan a ser divertidas

Irene Gómez Peña  Audience Development Manager en HENNEOOPINIÓN
Selfi
Instagram cuenta con más de un billón de usuarios en todo el mundo.
GTRES

No puedo dejar de mirar el móvil. Me dispongo a escribir esta columna pero las notificaciones de mi smartphone me distraen: el destacado de Twitter del momento, el última hora de turno de los periódicos a los que sigo... pero es que a la vez mi amiga Ainhoa ha subido una foto antigua en Facebook y mi amiga Marta ha empezado una retransmisión en Instagram.

Reviso todo rápido, quito el sonido del móvil, me pongo música clásica en YouTube e intento centrarme en la hoja en blanco virtual que tengo delante, pero de repente se ilumina de nuevo la pantalla: un WhatsApp de mi hermana en el que se lamenta de que dejó la tablet a su hija para que no le molestara y la ha pillado viendo vídeos en bucle de TikTok. Y a su hijo siguiendo una partida en Twitch.

Aún recuerdo el entrañable momento que vivimos allá por los recientes 2000 cuando la única herramienta social que usábamos era el chat de Messenger para, más tarde, sobre 2005 irnos a Tuenti y encontrar allí un divertido juego que se basaba en subir 'estados' y publicar fotos espontáneas de nuestras quedadas de amigos, sin filtros ni prejuicios.

En 2007 empecé a usar, por exigencias de un proyecto profesional, una versión de Twitter en la que, a través del zapatófono que tenía por móvil, tenía que mandar un SMS a un número asociado a mi cuenta para que el mensaje pudiera verse reflejado en lo que era una suerte de ‘timeline’ viejuno. Aún no existían los ‘cuñaos’, los ‘haters’, ni las ‘fake news’.

"Vivimos enloquecidos por querer estar al día de todo lo mundanal y desear ser halagados por lo que era habitual"

Fui de las que se resistió a tener Facebook, porque “era para mayores” y porque no estaba muy segura de ceder mis datos a una red desconocida. Poco tardé en sucumbir a la presión social que suponía ‘no estar’ y en 2008 le vendí mi alma a Zuckerberg sin conocer las consecuencias. No había vuelta atrás, estaba enganchada, y ya no era un juego de colegas.

Después de esto, ya sabemos lo que vino: chateamos tres horas al día en WhatsApp desde 2009 y desde 2017 publicamos en stories de Instagram nuestra edulcorada vida a la espera de que un Like nos suba el ego. En TikTok vemos a nuestros famosos bailando la lambada mientras los políticos se matan en Twitter y nuestros vecinos en Facebook.

Vivimos enloquecidos por querer estar al día de todo lo mundanal y desear ser halagados por lo que era habitual. Todo a golpe de notificación, sin percatarnos de la pérdida de tiempo de calidad que esto supone ni del deterioro que esto está provocando en nuestra atención y en nuestra autoestima. 

Prioricemos para que el juego de las redes vuelva a ser divertido.

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