¿Por qué no funcionan los concursantes del reality de Telecinco 'Secret Story'?

Adara, experta en concursar en realities, realizando una pedorreta en 'Secret Story'
Adara, experta en concursar en realities, realizando una pedorreta en 'Secret Story'
Mediaset

En sus orígenes, la tele-realidad nació como lanzadera a la fama. Concursantes anónimos e ingenuos, de pronto, se convertían en estrellas inesperadas tras pasar por un encierro televisado en pos de un premio económico. Con el paso de los años, el género evolucionó hacia los formatos VIP, donde los concursantes ya son populares y la gracia está en ver cómo reaccionan esos famosos en una convivencia. Estos famosos ya no luchan por un premio económico, que también, sino por acumular semanas en la casa. Porque ya no son concursantes sin más, son personas que están trabajando, cobrando un caché por cada día que permanecen en el reality. ¿Dónde queda la espontaneidad real cuando eres un profesional que quiere que sus jefes estén contentos con su desempeño?

Ahí es cuando tus intenciones se pueden escapar de tu aparente control. Y es uno de los graves problemas que sufre Telecinco con su reality Secret Story, donde los concursantes no se relajan ni consiguen convivir de una forma mínimamente auténtica. Al contrario, jamás olvidan que están en la tele y mantienen la pose. Se creen expertos en televisión y optan por intentar controlar su situación en el programa, propiciando que el espectador no se los crea ni empaticen. Porque actúan, no se dejan fluir disfrutando la experiencia. Están prácticamente siempre en tensión, 'trabajando', y el formato lo transmite.

El casting de Secret story se anunció con varios perfiles muy profesionales en tripas y realities de Telecinco: Isabel Rábago, Miguel Frigenti, Sofía Cristo... Todos dispuestos, a priori, a dar momentazos y contenido al programa. Todos creyendo saber lo que se espera de ellos. También con una desconocida, Emy, que se presentó como "reina de los realities en Alemania". Es un perfil que suele ser habitual últimamente: fichar a alguien que ya ha estado en otros realities donde en teoría ha dado juego. ¿Cuál es la idea? ¿Que se las sepa todas y repita lo que ya hizo en otros programas?

El resultado de este cast en Secret story ha derivado rápidamente hacia una turbia 'batalla campal'. Concursantes siempre enfadados o amargados, divididos en dos grupos como bandas callejeras, forzando conflictos, sacando trapos sucios, dando gritos, con una agresión que generó una expulsión disciplinaria... Pero el espectador ya no quiere realities así de oscuros. Con gente que piensa saber más de televisión que los propios responsables del programa. Con gente que solo parece ávida de intentar perpetuarse en televisión cueste lo que cueste. Falta humor, capacidad de relativizar y esa espontaneidad que es motor de la verdadera tele-realidad.

Aquí, en cambio, hay trabajadores de la tele. Y cuando la audiencia flaquea, pues metemos a Adara, otra habitual en realities, suponiendo que ella aportará y dinamizará. Nada más entrar por la puerta, Adara ya estaba enfadada e insultando a media casa. Ya solo falta que rescaten a Aida Nízar.

"Creen que el éxito de un reality está en peleas de pacotilla cuando, en realidad, el gran éxito de la tele-realidad radica en identificarnos con los concursantes"

En definitiva, Secret story, o La casa de los secretos, no ha sabido disimular su condición de sucedáneo de GH. Y al público no le gustan los sucedáneos tan cantosos. De hecho, la casa es la misma que en GH, aunque ahora no se recalque que es la casa de Guadalix de la Sierra. Ese es otro factor de debilidad del espacio de Telecinco: la audiencia de 2021 no quiere televisión de encierro como en los años 2000. Y estamos especialmente cansados de la palabra 'encierro'. Tras pasar un confinamiento colectivo, las instalaciones del veterano Gran Hermano se empiezan a quedar obsoletas aunque se actualice y modernice la decoración. Los techos bajos de la casa no ayudan. Falta amplitud televisiva. El espectador no quiere encerrarse con unos concursantes en un habitáculo, prefiere soñar con el infinito de lugares paradisíacos como sucede con Supervivientes, donde, además, la evolución del físico de los participantes evidencia que no están interpretando y sí que existe una aventura real. Mantener la pose mientras pasas hambre es mucho más complicado.

Dos décadas después de la llegada de 'Gran Hermano', el público está ya en otro punto, ya no se sorprende con una fórmula tan manoseada y desvirtuada, y menos aún si esos participantes intentan marcar sus tramas. Creen que el éxito de un reality está en peleas de pacotilla cuando, en realidad, el gran éxito de la tele-realidad radica en identificarnos con los concursantes de alguna forma, en el retrato social que la propia convivencia hace sin quererlo. Y en el humor, porque solo es un programa de televisión que debe divertir. 

A Secret Story le falta esa comedia que, a la vez, muestra las motivaciones de los concursantes. Así se les coge cariño (en la turbiedad de la casa de los secretos esto es imposible) y sufrimos con ellos cuando todo se magnifica. Porque los conflictos también son importantes, claro, pero cuando surgen de verdad y contextualizados, no cuando te los traes guionizados de casa para impresionar a tus jefes.

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