Trump y el debate

Una operaria ocupa el puesto de la moderadora, durante los preparativos del segundo debate electoral entre Donald Trump y Joe Biden en la Universidad de Belmont, en Nashville (Tennessee, EE UU).
Una operaria ocupa el puesto de la moderadora.
MICHAEL REYNOLDS / EFE

Nació hace ochenta años y fue instantáneamente mitificado. La televisión acababa de generalizarse en Estados Unidos -el 88% de las familias la poseían en 1960 cuando aún no había llegado a España- y a finales de septiembre se celebró el primer debate televisivo (en blanco y negro) de la historia. El sudoroso y mal maquillado vicepresidente Nixon frente al carismático y bien parecido senador demócrata Kennedy. Habría cuatro. En ese primero, el católico Kennedy, ante 70 millones de personas, impresionó claramente más a la audiencia. A Nixon todo le salió mal, los focos, el cansancio y la dolencia en una pierna le daban un aspecto derrengado, desaliñado. Kennedy, que había ensayado por la mañana y dormido la siesta, aparecía relajado, controlando la situación. Es curioso que en las encuestas de días siguientes los televidentes daban una clara ventaja al demócrata (39-23) mientras que los que lo habían seguido sólo por la radio estimaban que habían estado igualados.

Hubo tres más, en los que el futuro presidente salió de nuevo triunfante en el segundo y en el cuarto mientras que Nixon se apuntaba raspadamente el tercero. El resultado de la elección fue apretado. Votaron unos 69 millones de personas, el 49,7 % prefirió a Kennedy, el 49,6 a Nixon. En el Colegio electoral, en los compromisarios-delegados, la diferencia fue más amplia.

Lo ajustado del resultado del voto global influyó en que se sacase la conclusión de que la televisión, su imagen televisiva fue lo que hizo presidente a un hombre que en aquel momento tenía el handicap de ser católico y se enfrentaba a un político avezado, durante ocho años vicepresidente, muy conocedor de la política exterior, dato crucial, en la delicada época de la guerra fría.

Si Biden se mantiene sereno, si no entra al trapo agresivo y expone con aceptable coherencia, su programa habrá dado un paso decisivo hacia la Casa Blanca

El mito de la trascendentalidad de los debates ha decaído. Ya no se piensa que hacen reyes aunque ayuden algo al que se desenvuelve bien en los torneos televisados. Trump se ve forzado a echar el resto en su segundo y último. Sigue rezagado en los sondeos aunque ha acortado la distancia en los mismos con su contrincante Biden. Ha tenido incluso avances significativos en los estados indecisos, los tradicionalmente basculantes de una elección a otra, que son los que inclinan la elección. Biden, además, está recolectando tanto dinero como él, algo no despreciable para la campaña publicitaria de las diez fechas que quedan.

Por ello, Trump necesita desarbolar a su rival al que llama “dormilón Joe”. Intentará sacarlo de sus casillas o rezar porque tenga un lapso escandaloso de memoria, un balbuceo llamativo como ha mostrado en un par de ocasiones en la campaña. Si Joe Biden se mantiene sereno, si no entra al trapo agresivo y expone con aceptable coherencia, no más, su programa habrá dado un paso decisivo hacia la Casa Blanca.

Trump tendrá que alardear no del manejo de la pandemia, su contagio le perjudicó, sino de la situación de la economía. Una sorprendente cifra de estadounidenses, 54%, declara que está mejor económicamente ahora que cuando entró Trump, cosa que no manifestaban ni con Obama ni con Bush. En consecuencia, el presidente necesita golear dialécticamente; Biden mantener el empate ante los espectadores.

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