Diego Carcedo  Periodista

El Sáhara, más que el impacto

El ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares
El ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares.
David Zorrakino / Europa Press

El reconocimiento de facto de la marroquinidad del Sáhara Occidental, antes español, ha cogido por sorpresa a la sociedad española que, por más que se temía, tan pronto no se esperaba. El impacto que causó la noticia en un ambiente popular bastante propicio a las pretensiones de los saharauis ha sido enorme, a pesar de que saltó a los medios en unos momentos de abrumadora coincidencia de noticias relevantes.

Y no es para menos: el problema venía dilatándose medio siglo, tras el fracaso de repetidos intentos internacionales para resolverlo, y España estaba en el medio, sin apenas poder hacer nada, pero con la condición de iure de la soberanía que no ejercía ni pretendía recuperar. Se entiende que la decisión del presidente Pedro Sánchez haya causado un fuerte impacto y un rechazo quizás mayoritario.

Como el impacto ya ha pasado, quizás sea el momento de analizar con calma las razones y las consecuencias. El Frente Polisario se mantenía en sus trece, es decir, exigiendo que se cumpliera el mandato de la ONU de resolver el futuro del territorio a través de un referéndum cuyo censo, dicho sea de paso, cada 

vez resultaba más difícil de confeccionar. La República Saharaui, instalada en Tinduf, cuenta con un amplio reconocimiento internacional bastante endeble.

Sus derechos y razones, sin embargo, encubren el drama de doscientas mil personas que desde hace casi medio siglo resisten en el desierto, en unas condiciones de vida lamentables y sin perspectivas de que las nuevas generaciones empiecen a tener claro el futuro que se les regatea. Esta es una de las razones que justifican una solución urgente, aunque difícilmente satisfactoria, para ambas partes.

La situación, que se estaba eternizando, sufrió una fuerte sacudida cuando el entonces presidente norteamericano Donald Trump reconoció las pretensiones marroquíes a cambio de que Rabat reconociese oficialmente a Israel. Fue un golpe muy duro para los saharauis que remató poco después Alemania, un país sin intereses directos en el conflicto, pero muy influyente en el ámbito europeo que reclamaba una solución.

España se fue quedando aislada ante el deseo general de que el problema se resolviese de una vez por todas. Marruecos aprovechó para reforzar la presión y las relaciones se enturbiaron con reiterados incidentes como los asaltos a las vallas de Ceuta Y Melilla e incluso de conatos de invasiones contra estas ciudades que hacían recordar la amenaza de recurrir a otra Marcha Verde como la que habían promovido en el Sáhara.

En las relaciones de vecindad entre los dos países hay muchas cuestiones susceptibles de empañarlas. En este caso, una de ellas es sin duda la colaboración marroquí para frenar las migraciones propias y subsaharianas. Otra es la reivindicación sobre la soberanía española de Ceuta y Melilla, sin olvidar que Marruecos es el primer importador de productos españoles, que en Marruecos hay instaladas mil empresas españolas y en España residen un millón de marroquíes.

Es indudable que el pragmatismo se impuso a la nostalgia y la simpatía que proporciona el pueblo saharaui. Así es la política internacional. Como diría De Gaulle, los Estados no tienen amigos. Sánchez tuvo que asumir el incumplimiento de sus promesas, que pesará sobre su nombre, y España tendrá que pasar una etapa de acusaciones y vergüenza propia poco deseable, pero quizás positiva para nuestros intereses. A cambio, cabrá reconocer que el problema del Sáhara exige una solución, que marroquíes y saharauis han sido incapaces de encontrarla y que esta decisión del país que enquistó el problema puede ser fundamental para que la cuestión se resuelva.

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