Mario Garcés  Jurista y escritor

Calle Cela, esquina con Alberti

Jean-Paul Belmondo en 'El profesional'
Jean-Paul Belmondo en 'El profesional'.
Cinemanía

Agradezco a una buena amiga que, a propósito del homenaje rendido por el Gobierno francés con motivo de la muerte de Belmondo, me recordara a Gladstone cuando afirmaba que «el respeto de la gente por sus leyes y su tierra se puede medir con precisión matemática por la forma en que esta se ocupa de sus muertos». En España, a diferencia de Francia, nos ocupamos de nuestros muertos para exhumarlos e inhumarlos a discreción, y para mantener en vilo la guerra de los cementerios. Vaya por delante que, tanto Belmondo, que en paz descanse; como Delon, que en paz viva, eran y son leyendas respetadas y conocidas por toda la población francesa. Eran y son sus mitos, pensasen lo que pensasen.

Si en España preguntásemos en la misma Puerta del Sol a algún despechado de causas justas a tiempo parcial quién era Belmondo, anticipo que diría que un restaurante italiano. Pero lo más grave es que, si preguntamos por quiénes eran o son Fernando Guillén, Agustín González, Mary Carrillo, Amparo Baró, Ana María Vidal, José Bódalo o Manuel Galiana a cualquiera de esas almas justicieras convocadas al tantán del tambor de las redes sociales en el mismo centro de Madrid, no sabrían qué decir. Fueron y son el mejor teatro que hubo nunca en España, pero no los conocen y les importa un bledo. Esa es la bajeza de una parte de nuestra sociedad que no reconoce a los suyos, y, si los reconoce, es porque son compañeros de trinchera política.

Hubo un tiempo en mi carrera profesional que fui responsable de la filatelia española, un privilegio para quien, desde pequeño, desmembraba los sobres en baños de agua hirviendo y sal para despegar el sello correspondiente. Todo eso es ya jurásico revenido en el nuevo orden mundial de la mensajería móvil. 

Como amante del cine, autorizábamos emisiones de sellos a los grandes: a Fernán-Gómez, a Manolo Escobar, a Lina Morgan, a Fernando Guillén, a Paco Rabal, a Tony Leblanc, a Alfredo Landa o a Sara Montiel. Como aragonés, ajusté cuentas con mi cultura cinematográfica regional para autorizar los sellos de Paco Martínez Soria y de José Luis Borau. En todos los casos, era un homenaje sincero y pulcro, y, probablemente, también era mi reconciliación con una infancia de televisión censurada en blanco y negro.

Queda, en cambio, un amargo sabor de contienda inacabada cuando una parte importante de la sociedad los quiere clasificar en una u otra España. Y por allí yo he decidido no volver a pasar. Por eso, acabo esta columna y llamo un taxi para que me lleve a la calle Cela, con Alberti, que no se pelean desde sus placas y que desde lo alto ven pasar un tiempo nuevo que ya no reconocen. 

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