Mad Max en el desierto cultural

Teatro
El escenario de un teatro con el telón bajado.
EUROPA PRESS - Archivo

Ayer me desperté sobresaltado con la noticia del final de la guerra contra la Covid. Salí a la calle entusiasmado, con ganas de recuperar el tiempo perdido. Pero encontré un paisaje desolador. Una sociedad en ruinas se asomaba tras la batalla pandémica. Recorrí las calles en pos de un lugar para celebrar la vida y solo hallé persianas cerradas. Emprendí entonces con ansiedad la búsqueda de oasis culturales que hubieran sobrevivido al cataclismo. Pero solo encontré cascotes y polvo donde antaño se erguían teatros, cines y salas de conciertos. Tampoco había librerías abiertas. Solo escaparates vacíos y viejos carteles de presentaciones y ferias del libro canceladas.

Me eché a temblar al constatar la dimensión del desastre. Como si un terremoto hubiera resquebrajado el mundo que conocíamos y yo fuera Mad Max persiguiendo el combustible cultural que me permitiera seguir viviendo en sociedad. Y es que precisamos de las artes y de los libros para conocernos, para enriquecernos y para reconstruirnos. Aquel iba a ser un mundo triste sin industrias culturales ni librerías, y perdí toda esperanza. Porque los libreros son prescriptores culturales, animadores de la vida, y su labor es imprescindible para hacer mejor esta sociedad.

Más allá del desierto, solo permanecían en pie las grandes superficies comerciales, donde acudían las multitudes. Era un mundo donde las recomendaciones literarias las formulaban algoritmos patrocinados por multinacionales.

Entonces me desperté de la pesadilla y el dinosaurio de la Covid seguía allí. Pero aún no está todo perdido. Aún estamos a tiempo de defender nuestra cultura, a nuestros creadores y a nuestros libreros. Defendámoslos. Defendámonos.

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