Luis Algorri  Periodista

Cara de sueño

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha avisado desde el principio de su discurso que no va a entrar en el tono provocador de Abascal y, en tono sosegado, ha reprochado al líder de Vox: "No ha habido ninguna propuesta en su intervención. Bueno, cómo tienen que ir sus señorías vestidos. Luego dirá que Vox no es fascismo, es estilismo. Señor candidato, sabe que no tiene la menor posibilidad de obtener la confianza mayoritaria. Por el tono bronco y lo inquietante del contenido expuesto no parece que le interese mucho obtener la confianza de la cámara. La pregunta que hemos escuchado durante horas es si esta iniciativa no pretende sustituir al Gobierno, ¿qué es lo que hacemos aquí? Hay quien dice que se dirige contra el PP, para ocupar el espacio de la derecha. Tal vez, lo ignoro. Otros dicen que convertir al Parlamento en un gran plató es su fin último, con usted como protagonista. Hemos asistido a un despliegue de propaganda que no beneficia a la nación que dice defender, sino a sembrar la discordia y a distraer energías", ha afirmado.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la moción de censura.

Lo más llamativo de los primeros minutos de la moción de censura (nueve de la mañana de ayer) era la cara del presidente del Gobierno. Miren ustedes que ya es difícil distinguir un gesto, una expresión, un sentimiento en alguien que lleva puesta una mascarilla, ¿eh? Pues era imposible no adivinar la cara que tenía Pedro Sánchez: se estaba cayendo de sueño.

Clamaba el diputado Garriga, de Vox, con muy buena voz y dicción muy bien ensayada, sobre los golpistas, sobre los que quieren acabar con la Constitución (qué sería de ella, ay, si Vox llegase a gobernar), sobre los matrimonios en Nicaragua, sobre la falta de valor de "algunos" para acabar con este estado de cosas. Y a Sánchez, sentado en su escaño, se le cerraban los ojos, se le iba la barbilla hacia el esternón, se quedaba frito.

Menos mal que los diputados de ultraderecha (también se notaban ahí los ensayos) aplaudían como truenos cada minuto y medio; ahí el presidente daba un breve respingo, movía la cabeza hacia un lado y a otro, y parpadeaba. Pero al cabo de un momento estaba otra vez igual. Le pesaban los párpados, se le acompasaba la respiración, se… dor… mía.

¿Y por qué se dormía? Pues quién sabe. Quizá había trasnochado, quizá estaba cansado. Pero más bien se quedaba sopa por algo evidente: aunque le nombrasen, aunque le pusiesen verde, aunque le lloviesen los improperios, Sánchez sabía perfectamente que la cosa no iba con él. Esta astuta moción de censura tenía, en realidad, otro destinatario: Pablo Casado, que estaba sentado en su escaño, este sí, despierto como una liebre, derecho, inquieto, moviendo de vez en cuando las manos como si quisiese agarrar votos que se le escapaban como agua. l

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