Memoria de pez

Mario Garcés  Jurista y escritorOPINIÓN
El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón.
El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón.
EFE

Pronto Fernando Simón será un vago eco en el memorial de nuestros recuerdos consentidos. En un país que reconoce que hay memoria histórica, memoria democrática y memoria colectiva, la memoria individual no existe. De hecho, para aquellos para los que la historia puede convertirse por orden de la memoria en un pasado imprevisto, y la democracia en un ajuste de cuentas en la guerra de nuestros antepasados, es normal que pretendan que el recuerdo personal no exista. Por eso, se afanan en construir un imaginario colectivo de verdades imposibles que engulle la memoria individual, convirtiendo a Orwell en un banderillero de plazas de segunda.

Hubo un tiempo en el que los hombres con género y sin género podían ver todo gris. De ser así, era necesario que alguien quitara de en medio al elefante. Ahora los hombres viven en una pecera, como Nemo y Dory, y recorren el recinto como Mireia Belmonte bracea la piscina olímpica de Japón. Como es conocido por los animalistas de quinta copa a las tres de la madrugada, el pez tiene una atención muy limitada y no es capaz de retener en su memoria más allá de lo que ha ocurrido en los últimos nueve segundos. Multiplicados por tres, da para una cumbre bilateral entre Biden y Sánchez.

Y es que la utopía digital ha dado paso a la miopía digital. Siendo siervos digitales, no somos capaces de abarcar más allá de lo que hemos leído en la última media hora. La economía de la desatención es como un reactor cuyo núcleo destruye todos nuestros ejes de referencia: la verdad, el conocimiento, la reflexión, la relación objetiva y transparente con los medios de comunicación. De otro modo, el mercado de las nuevas tecnologías ha dado paso a la economía de la emoción de consumo rápido, por agotamiento informativo y por hartazgo democrático. El siglo de las luces ha sido remplazado por el siglo de las señales digitales. Y la inmediatez tiene memoria de pez.

Todos los españoles de “transvacaciones” aspiran a pulverizar el tiempo de su descanso como un velocista en la pista de atletismo. Como si no hubiera un mañana, ya que todavía tienen reflejos del pasado más reciente, comen, beben y hasta recuerdan que una parte de sus cuerpos tiene vida propia después de la anestesia colectiva del letargo pandémico. Atrás quedan los indultos, la remodelación del Gobierno, las calamidades de la crisis económica, la indigencia social. El ojo de pez que todo lo mira solo tiene puesta la mirada en los Juegos Olímpicos y en el mojito del chiringuito, a mayor gloria de Georgie Dann. Y una voz nos susurra, como Poltergeist, “tenéis que olvidar”, “tenéis que olvidar”, “tenéis que olvidar”. La felicidad estúpida del olvido.

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