Adiós, Carrà

Mario Garcés  Jurista y escritorOPINIÓN
Fue el director Dante Guardamagna quien le dio el seudónimo de Carrà, ya que asociaba su nombre real, Raffaella, por el pintor Raffaello Sanzio, con el apellido del pintor Carlo Carrà.
Raffaella Carrà en una de sus particulares actuaciones.
GTRES

Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla ni de un huerto claro donde madura el limonero. No nací en el palacio de las Dueñas, sino que fui a nacer en una casa sin huerto, sin limonero, sin más recuerdo que un tocadiscos con aguja de plata y una televisión en blanco y negro con cartas de ajuste y rombos esquinados. En aquel televisor con himno nacional al punto de dormir, Uri Geller doblaba cucharas, Lola Flores perdía pendientes, Julio Iglesias volaba a Dublín y el mago Tamariz se tiraba el moco con una baraja marcada. Pero había dos Rafaelas, una para consumo de mi abuela, y otro para consumo de la incipiente libido nacional. Tú con Rafaela Aparicio, yo con Raffaella Carrà.

Carrà debía ser liberal prepandémica ("Por si acaso se acaba el mundo / todo el tiempo he de aprovechar / corazón de vagabundo / voy buscando mi libertad") en una época en que no existían dispositivos mecánicos para la autosatisfacción femenina ("Sin amantes/ quién se puede consolar / sin amantes / esta vida es infernal"). Carrà anticipó el amor desenfadado en una España de pelo cardado en peluquería con rizos y bata de guatiné, y hasta puso letra y música a los gobiernos de coalición tal como los conocemos ahora ("Cuantas veces la inconsciencia / rompe con la vulgaridad / venceremos resistencias / para amarnos cada vez más"). Tanto es así que ya reconocía que la mentira es más útil que la verdad, si es razón para mantener una relación, incluso política ("Yo le dije si no estás tú / qué voy a hacer si no estás tú / y es sabido que es peligroso decir siempre la verdad"). La misma canción que debe tararear Escrivá en los últimos días después de ser llamado al orden.

Hasta llegó a adelantar el teletrabajo del varón hispano al borde de la infidelidad de armario sin empotrar ("Y se encuentra una mujer / ¡qué dolor, qué dolor! / dentro del armario"). Los armarios de aquella época con espejos esmerilados eran más grandes que las puertas de Narnia. Y hete aquí que Carrà se hizo un Montero y pulverizó el dominio masculino, yugulando al macho ibérico a ser amo de casa al servicio de ellas, las mujeres ("A su marido / desde ese día/le encarga de la casa / lava la ropa / se va a la compra / y a mediodía prepara la comida"). 

Carrà era casi todo y casi nada, según se mire. Un producto de etiqueta italiana con español fundido como Di Bari, Álamo o Albano y Romina. Pero Carrà se ha ido. A California tal vez, como su canción ("Tengo que marcharme ahora / cuanto antes, mejor / quédate con mi equipaje / mi coche y mi amor"). De aquel tiempo que fue, tampoco están ya José Luis Uribarri y José María Iñigo. Quizá solo quede la memoria del Estudio 1 y de la pipa de Balbín. Mi memoria histórica ahora sueña también con Carrà y mis amores del sur. 

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