Mountbatten, el último de una época

Isabel II junto a su marido, Felipe de Edimburgo, fotografiados en el Palacio de Windsor con motivo del 99 cumpleaños del Duque.
Isabel II junto a su marido, Felipe de Edimburgo, fotografiados en el Palacio de Windsor con motivo del 99 cumpleaños del Duque.
GTRES

Con Felipe Mountbatten, duque de Edimburgo y esposo de Isabel II de Inglaterra durante 74 años y medio, no muere tan solo una persona casi centenaria que fue, durante tres cuartos de siglo, el apoyo más sólido de la reina. Muere una época. El “tío Philip”, como lo llama la Familia Real española, era el último de muchas cosas.

Nació en el seno de una monarquía que se derrumbaba –la griega– y en la que, aunque las cosas hubiesen sido más tranquilas, él apenas tenía futuro: su padre era el cuarto hijo de un rey y su madre, Alicia, era una buena persona que no andaba muy bien de la cabeza, que estaba obsesionada con la religión y que se presentó en la coronación de Isabel II (1953) disfrazada de monja.

Le desesperaba ver que Isabel, a quien 
su trabajo de reina no le gustó nunca, se doblegaba ante las pomposas tradiciones

Felipe, que nunca se llevó bien con sus padres, parecía destinado a ser un príncipe errante, de esos que acababan en Montecarlo o en la Riviera francesa, matando el tiempo. Pero se enroló en la Marina Real británica (su verdadera vocación) y conquistó el corazón de Isabel, que era entonces una cría.

Al principio, el joven Felipe, guapo y orgulloso, era una fuerza de la naturaleza. Le costó años de esfuerzo comprender que quien mandaba era su mujer y que su función era muy limitada, muchas veces de simple acompañante decorativo. Le desesperaba ver que Isabel, a quien su trabajo de reina no le gustó nunca (aunque ha llegado a hacerlo mejor que nadie), se doblegaba ante las pomposas tradiciones cortesanas. 

Felipe se rebelaba. Si hoy tenemos imágenes filmadas de la coronación de 1953 fue gracias a él, que se empeñó en meter las cámaras de televisión (por entonces un “invento” que no mucha gente conocía) en la abadía de Westminster, para espanto del arzobispo. Pero casi siempre lo echaban a un lado, cargado con sus medallas. No pudo ni siquiera dar su apellido a sus hijos: los cuatro se llaman Windsor, no Mountbatten. Lo pasó verdaderamente mal. Se refugiaba en sus amigos, muchos de ellos marinos, y en otras mujeres, con las que tenía un éxito indiscutible. La reina hacía como que no se enteraba.

Estaba convencido de la idea del siglo XIX: el pueblo debe ver en la monarquía algo  inalcanzable, casi de otro mundo

Y entonces llegó el cambiazo. Cuando se acostumbró de verdad a su papel de “marido de la reina”, Felipe de Edimburgo se convirtió en el guardián de las esencias del más viejo monarquismo británico, el de la época de Jorge V, Eduardo VII o Victoria. Se convenció sinceramente de lo que decían los más conservadores, encabezados por la anciana y longeva reina madre, Isabel Bowes-Lyon, la esposa de Jorge VI: la esencia de la Corona es su alejamiento de la realidad cotidiana, su inmutabilidad, su aura casi divina mucho más que humana. La pompa, el silencio, la imperturbabilidad como fuente de la estabilidad.

Felipe fue el último paladín de una monarquía alejada de la gente, casi mística, casi faraónica. Estaba convencido de la idea del siglo XIX: el pueblo, que unas veces lo pasa mal y otras peor, debe ver en la monarquía algo grandioso, inalcanzable, casi de otro mundo; un sueño encarnado por gente que nació superior y cuyo deber era precisamente ese, mantenerse por encima de los demás. Unas personas a las que se ama porque se las reverencia, no a las que se reverencia porque se las conoce y, como consecuencia, se las ama.

El mundo cambiaba, pero él no. Le desesperaba ver que su hijo Carlos, el futuro rey, había salido sensible y melindroso, no un tipo de acero como su padre. Le martirizaba ver que sus otros hijos habían salido seres de carne y hueso que se enamoraban y desesenamoraban, como todo el mundo. Se dejó la piel para impedir que naufragase el matrimonio de Carlos y Diana, muchachita superficial e imprevisible a la que no apreciaba demasiado, pero sí mucho más de lo que puede verse en las películas y en series excelentes como The Crown

Todos los reyes del mundo saben hoy que la monarquía, para sobrevivir, tiene que demostrar que es útil; es decir humana

Un príncipe (y menos el de Gales) no se podía divorciar porque eso era cargarse la estabilidad de la institución: divorciarse es lo que hace la gente común, no la realeza, pensaba él. Pero le salió mal todo y eso le amargó la vida. A Felipe se le escapaba su fuerte carácter, que siempre se empeñó en dominar, en las célebres impertinencias que prodigaba casi cada vez que hablaba en público o hacía algo “fuera de programa”. Aquel hombre altivo y presumido, que prefería mil veces que lo respetasen a que lo amasen, crio un humor ácido y sarcástico que le ha acompañado hasta el final.

Y es el final de una mentalidad. Todos los reyes del mundo, hasta el emperador del Japón, saben hoy que la monarquía, para sobrevivir, tiene que demostrar que es útil; es decir humana, cercana y eficaz. Si no es así, los ciudadanos preferirán la república. Es impensable que Felipe VI de España, tan próximo y tan trabajador, se comportase hoy como Felipe Mountbatten creía que debía comportarse un rey. Hasta su mujer, Isabel II, fue dándose cuenta, año tras año y desgracia tras desgracia, de que debía dejar de pensar y actuar como su abuelo si quería conservar el cariño –y la función futura– de sus hijos y sus nietos. No es que lo haya conseguido del todo, pero es innegable que ha cambiado muchísimo.

Cuando lo echaron del trono en 1952, el estrambótico y corrupto rey Faruk de Egipto dijo que, a la vuelta de cien años, solo quedarían en el mundo cinco reyes: los cuatro de la baraja y el de Inglaterra. Felipe Mountbatten peleó toda su larga vida por una monarquía que ya no existe ni es posible. Si la institución sobrevive (quedan 29 años para ver si se cumple la profecía de Faruk) será por que haga todo lo contrario de lo que él decía: que sea próxima, eficiente, elástica y valiosa para el funcionamiento de la democracia. Lo que mucha gente llama una “república coronada”. No hay muchas más opciones.

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