El susto

A los catorce años yo era de la OJE (Organización Juvenil Española). Y me las daba, muy bravamente, de falangista, supongo que por imitación de los mayores. La tontería me la quitó mi padre con un viaje a Madrid. Era enero y, al cruzar el túnel de Guadarrama, me propuso ir a ver la tumba de José Antonio en el Valle de los Caídos –Franco no había muerto aún–. Yo dije que sí, qué iba a decir, para eso presumía de falangista.

Neviscaba. Mi padre prefirió quedarse fuera, fumando. Entré solo en aquel túnel helado que estaba casi a oscuras. No había nadie. Vi los enormes ángeles con espadas de las paredes. Los arcos de piedra, las figuras lóbregas de los muros, sentí el tremendo olor a humedad, la sensación de que muchos ojos ocultos me observaban. Sobre la lápida de José Antonio había un jarroncito de cristal con tres flores de plástico. Se me ocurrió mirar hacia arriba y me puso los pelos de punta el mosaico que llenaba la bóveda, un aquelarre lleno de militares y santos y ángeles que revoloteaban como milanos. Solo faltaba doña Carmen Polo. Eso fue lo que más miedo me dio. Salí de allí escopetado.

Mi padre me preguntó qué tal. Yo le dije: «Bien, bien». Pero en lo más profundo de mi corazón sonaba una voz que decía: «Déjate de chorradas, Luisito, y ponte a estudiar. Una idea que acaba produciendo una cueva de espantos como esa no puede ser buena». Fue lo que hice.

Es verdad que había que sacar a Franco de ese lugar. Pero yo creo que no por lo que tiene de apologético o laudatorio, sino por lo macabro. Ahora bien, si queremos que las nuevas generaciones de españoles sepan de verdad qué fue el franquismo, que las lleven allí en enero, como me llevaron a mí. Hay sustos que no se pasan en la vida.

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