Los que nos vacunamos con AstraZeneca

Encarna Samitier  Directora de '20minutos'OPINIÓN
Un sanitario prepara una dosis de AstraZeneca en Madrid.
Un sanitario prepara una dosis de AstraZeneca en Madrid.
Jorge Paris

No vimos ataúdes apilados en la primera ola. Pero ahora seguimos minuto a minuto, prácticamente pinchazo a pinchazo, los efectos secundarios de cada una de los millones de dosis de vacunas inoculadas en Occidente. Mientras el ritmo de vacunación pugna con ganar la carrera a los contagios, la 'incidencia acumulada' de contradicciones políticas sigue creciendo.

Entre la opacidad de las primeras olas y la sobreabundancia de detalles, muchas veces sin el contexto necesario de las siguientes, hay un terreno muy resbaladizo. Como ocurrió con las mascarillas, vuelve a haber vaivenes y contradicciones más relacionados con la capacidad de producción y disponibilidad de las vacunas que con criterios científicos. Desde los primeros casos, se ha generado algo así como un "consenso inconfesado para mirar para otro lado" en lo relativo a las muertes. Sin embargo, cada afección relacionada con las inyecciones es seguida con lupa.

Seguramente es mejor esta preocupación que la insensibilidad colectiva ante la muerte. Es lógico que los casos de trombos relacionados con la inoculación de AstraZeneca causen preocupación y temor. Pero ante todo han de imponerse las cifras. Y dicen, según subraya la información de Jorge Millán en este diario, "que en jóvenes es al menos 14 veces más probable morir si se contrae Covid que por un trombo surgido tras la vacunación, mientras que en personas de 60 a 69 años, la proporción es de 7.645 veces más". Por eso, hay un porcentaje de población que rechaza AstraZeneca por unos reparos muy respetables. Pero somos muchos más quienes estamos poniendo, o vamos a poner, el brazo con confianza para recibir esa vacuna.

Los datos son muy elocuentes a favor de la vacunación masiva con todas las patentes aprobadas, pero la ceremonia de la confusión generada por los gobiernos europeos no ayuda a que se impongan como argumento de autoridad para toda la población. Cada país está practicando un 'sálvese quien pueda' que se ha traducido en cambios diarios sobre los criterios de grupos de edad. Y, como consecuencia, en un rechazo de sectores de la población que ha pasado del 2% al 60% en Madrid y que roza el 20% en Andalucía, mientras que en otras comunidades, como Aragón, es irrelevante.

Afrontamos una quinta ola que ojalá deje menos víctimas mortales pero que sigue segando un número insoportable de vidas. Y lo hacemos con muchos interrogantes sin cerrar mientras se abren nuevos frentes. Es difícil de entender que el presidente del Gobierno arroje dudas sobre los datos que da la Comunidad de Madrid. Pero más que por el uso electoral de la pandemia porque confirma la incapacidad del Estado para conseguir un recuento real, solvente, de todas las cifras de la pandemia. Dos estados de alarma después, la inexistencia de una ley de pandemias permite disfunciones angustiosas en la vacunación, imprescindible para salvar las vidas y la economía, alienta mensajes contradictorios y amenaza con dejar en manos de los jueces las decisiones autonómicas sobre la pandemia.

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