La corresponsabilidad en tiempos de pandemia, nuevo retroceso en igualdad

Lorena Morales  Secretaria del Área de Igualdad del PSOE-M y portavoz de Mujer del Grupo Parlamentario Socialista en la Asamblea de Madrid
Niños en casa y teletrabajo.
Niños en casa y teletrabajo.
ISTOCK - Archivo

“No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, debéis permanecer vigilantes toda vuestra vida”.

Esta frase de Simone de Beauvoir está de plena vigencia en tiempos de coronavirus. Vivimos una crisis sanitaria, pero también económica y social, que nos golpea especialmente a las mujeres.

Esta situación nos ha recordado que la corresponsabilidad y la conciliación real no existen. El que algunas mujeres podamos tener una carrera profesional es gracias a la ayuda de otras mujeres, bien sean nuestras madres o empleadas del hogar. Durante los pasados meses, en el mejor de los casos hemos trabajado desde casa. Jornadas maratonianas, en las que reuniones telemáticas y llamadas de teléfono se alternaban con tareas escolares o comidas. Pero eso no ha sido “teletrabajo”. Ha sido supervivencia.

Ahora llega el verano, y si en años anteriores ya era difícil encontrar ubicación para los peques, este año va a ser una auténtica hazaña. Todo esto, añade obstáculos a la participación de las mujeres en el mercado laboral. Y nos carga de más cuidados.

Si el teletrabajo ha venido para quedarse es urgente una regulación que establezca límites a la duración de la jornada laboral

Si, como parece, el teletrabajo ha venido para quedarse, es crucial y urgente una regulación que establezca límites en la duración en la jornada y que obligue a las empresas a asumir los gastos. Pero, sobre todo, que no se convierta en una trampa para devolvernos a las mujeres a casa. Debe asegurarse que la elección de esta fórmula se reparte entre ambos cónyuges. Porque en España, la socialización es fundamental, también para escalar profesionalmente. 

Si somos las mujeres las que elegimos mayoritariamente el teletrabajo, sin que se garantice el acceso a igual formación y promoción interna, supondrá un retroceso enorme en igualdad. Por no hablar del acoso sexual del que empiezan a alertar los sindicatos y que podría estar incrementándose, amparado en la privacidad de los medios telemáticos.

Hasta ahora, las medidas de conciliación han sido asumidas por las mujeres, profundizándose los estereotipos de género. Tenemos habitualmente un salario inferior al del cónyuge hombre. Así que acabamos aceptando excedencias y reducciones de jornada para no mermar tanto la economía familiar. Y en el peor de los casos, dejamos de trabajar. Perpetuándose así el círculo de la pobreza femenina que nos acompañará el resto de nuestra vida, pues nuestra pensión de jubilación será muy inferior. Para romper ese círculo hay que impulsar políticas de corresponsabilidad adecuadamente remuneradas y que no estén asociadas al salario. 

Acabamos aceptando excedencias 
y reducciones de jornada para 
no mermar tanto la economía familiar

La crianza de los niños se sigue considerando un asunto privado de las mujeres, en lugar de una responsabilidad social. Las administraciones deberían asumir su parte e impulsar servicios públicos adecuados para dependientes, en un gran pacto de ciudadanía.

En las primeras semanas del Estado de Alarma aplaudimos agradecidos a aquellos y aquellas profesionales cuya labor fue crucial durante la crisis. No solo por salvarnos, también por atender, garantizar la limpieza y el acceso a productos básicos. Pues bien, muchas de estas trabajadoras pertenecen a sectores feminizados que viven una gran precariedad. Sería de justicia que, durante la reconstrucción, esos aplausos se transformaran en mejoras económicas y laborales que dignificaran sus vidas.

Pero si alguien vive una situación especialmente dura son las familias monoparentales, encabezadas casi siempre por mujeres. Antes de la pandemia un 46% ya se encontraban en exclusión social. Y su situación ha empeorado. Para estas familias unos servicios públicos que permitan compatibilizar trabajo y familia, son imprescindibles. Además de ayudas que reduzcan la desigualdad en la que viven. Por no mencionar el mil veces anunciado plan -pero nunca puesto en marcha- de la Comunidad de Madrid que las apoye en sus necesidades.

Esta crisis nos afecta de muchas formas, porque el nacer mujer marca nuestra vida y las discriminaciones que sufrimos, la más terrible es el aumento de la violencia machista por el confinamiento. Pero también nos golpea llenando esas colas del hambre en Madrid para llevarnos algo a la boca. Colas que deberían avergonzar a los gobernantes de la región más rica de un país rico.

Seguimos sufriendo la brecha laboral, somos más pobres que ellos, 
el patriarcado nos devolvió a la realidad

Unos buenos servicios sociales, con perspectiva feminista, que atiendan ágil y dignamente a sus usuarios/as, principalmente mujeres y sus pequeños, pueden marcar la diferencia para miles y miles de personas.

Soy de aquella generación que creció pensando que ya vivíamos en igualdad, y que, si estudiábamos, nos “comeríamos el mundo”. Así lo hicimos, tenemos más y mejor formación. Pero el patriarcado nos devolvió a la realidad. Seguimos sufriendo la brecha laboral, somos más pobres que ellos, mientras hacemos malabarismos por cuidar a nuestras familias.

La Comunidad de Madrid, lejos de redoblar esfuerzos para frenar el aumento de la desigualdad, hace unos días, nos pidió comprensión ante una posible reducción en los recursos para políticas de igualdad y contra la violencia machista. La crisis, nos dijeron. Como si “lo nuestro” fuera de segunda, como si nosotras lo fuéramos. Pues hasta aquí. Somos más de la mitad de la población. Nada se hará sin las mujeres. No permitiremos que nos dejen atrás. 

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