El legado de Rivera es el triunfo de Vox

Rivera dimite como presidente de Cs "por responsabilidad"
Rivera dimite como presidente de Cs "por responsabilidad"
Europa Press

Segundas partes nunca fueron buenas. Que se lo digan a Rivera que los resultados le han llevado a cambiar la política por sacar a pasear a Lucas. ¡Mira que lo tenía fácil! Solo debía ser un partido liberal para tantos votantes que no se definen ni de derechas ni de izquierdas, sino de lo suyo. El problema es que en cinco años ha vestido chaquetas de todos los colores, incluida la verde en Colón. 

Al final, parece que no todo vale para recorrer adoquines; los caminos políticos estables solo se construyen con principios y valores. Tras la dimisión de Rivera queda para Cs un futuro incierto y una incógnita en su sucesión. Arrimadas y el resto de candidatos deben darle una vuelta gorda al proyecto, que apuntalaba tintes de modernidad y ha terminado facilitando que la nostalgia de Vox llegue hasta las instituciones.

Hace nada el triunfo de la ultraderecha sonaba a meme, pero resulta que sí hay millones de españoles que votan homofobia, machismo y racismo. 

La indefinición de Ciudadanos, las exigencias de Podemos, la astenia de Sánchez y la corrupción del PP han dejado aflorar una España que no sé si será la viva, pero seguro que no es la informada. Vox se quiere cargar el estado de las autonomías al mismo tiempo que grita que los independentistas no respetan la constitución. Todo en nombre de la bandera, aunque no la de la patria, sino la de la posverdad y el miedo.

A ver qué sale del pactómetro. Lo sensato sería que todos los partidos trataran de darnos estabilidad de una vez. Una suma consistente, aunque le diera a Vox un puesto privilegiado de oposición, sería PSOE y PP. 

En otros países de Europa hay coaliciones más inesperadas, y estos dos no dejan de ser partidos constitucionalistas que deberían poder encontrar puntos de acuerdo. El problema es que aquí los discursos han sido duelos al sol y el conflicto catalán los llevaría a apretar el gatillo. 

Tampoco está claro si ahora cuadraría la suma de PSOE y Podemos, a la que se añadirían nuevas fuerzas de izquierdas y nacionalistas, entre los que ahora está la CUP. De nuevo, el quiebro estaría en el conflicto catalán que tiene secuestrada la estabilidad de España.

Todas las combinaciones posibles desembocan en un gobierno débil. Quizás sea culpa de un sistema electoral caduco en el que las circunscripciones ya no cuadran; la mayoría absoluta de 175 tenía sentido cuando el bipartidismo estaba de moda, pero ahora vivimos en el pluralismo de 17 formaciones. 

O quizás el problema esté en unos candidatos sin madera de líderes, o en la falta de lideresas. Y es que hay algo más que confirman las elecciones: esto ya no se arregla con votos, sino con dimisiones, por mucho que en España a esas no estemos acostumbrados. A Rivera le queda el consuelo de que al fin ha sido el primero en algo.

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