Borja Terán  Periodista
OPINIÓN

La decadencia de la entrevista en televisión

Imanol Arias en el programa homenaje a Ángel Casas.
Imanol Arias en el programa homenaje a Ángel Casas.
TV3

"Ángel tampoco se podrá repetir, porque los intereses de los periódicos y las televisiones no pasan por lo mismo. Ahora una entrevista como las que hacía él no produce los suficientes likes y tráfico para que sea sostenible, así que hay que desvirtuar la entrevista. Aunque sea de una manera pactada", recalca Imanol Arias en el homenaje al maestro de la televisión Ángel Casas, documental que ha emitido TV3 esta semana dentro de su formato 'Sense Ficció'. Arias se refiere a aquellas entrevistas ingeniosas y, a la vez, calmadas que protagonizaban el prime time de la televisión de los ochenta. Había tiempo para conversar, había tiempo para que los entrevistados se soltaran y había tiempo, también, para que tales programas lideraran en audiencias, pues creaban una atmósfera de complicidad que atrapaba.

En cambio, la entrevista ha ido desapareciendo de la televisión. Imanol apunta uno de los problemas de base: se desconfía de una charla calmada y se busca incorporar al encuentro constantes golpes de efecto para retener la atención de la audiencia. De ahí que, por ejemplo, en El Hormiguero irrumpan siempre experimentos espectaculares, sorpresas espectaculares y pruebas espectaculares. Se intenta más seducir al público con el asombro del entrevistado que con lo relevante que puede contar. Parecido sucede en La Resistencia. En el universo de Broncano importa más el chascarrillo que el aporte de la conversación. Al fin y al cabo, es comedia y no periodismo. Aunque, ojo, el periodismo y la comedia bien fusionados son  poderosos en un formato de entretenimiento. 

Pero lo cierto es que la entrevista clásica de descubrimiento de personalidades, populares y/o anónimas, podría volver a triunfar en prime time. En cierto sentido, lo pone en evidencia el auge de los podcast. En la libertad del podcast, vuelve a brillar la charla sin filtros. Esa misma que infravaloran los medios más masivos. 

Sin embargo, los grandes invitados desconfían de la televisión. Y mucho. La irrupción de la agresividad de los programas del corazón en los noventa creó un antes y un después. Desde entonces, se asocia la entrevista en televisión a una exposición perversa. Ha ganado el recelo cuando la buena entrevista es un ejercicio de confianza. No sólo con el periodista, sobre todo con la audiencia. Una sensación tóxica que se ha acrecentado con la evolución de las redes sociales.

"La entrevista debe ser un acto de generosidad. Pero estamos más susceptibles que generosos"

En lugares como Twitter se suele sacar de contexto declaraciones para deformarlas para alcanzar el eficaz retuiteo que otorga la polémica. Trágico, pues la entrevista es pararse a mirar (y hasta degustar) los contextos. Encima, después, esos comentarios negativos en redes sociales -normalmente minoritarios- son replicados y magnificados por los propios medios de comunicación. Se les otorga autoridad. Aunque no la tengan. Porque lo que ofende vende. Da likes, que diríaI Imanol Arias. Por tanto, grandes e interesantes referentes sociales cogen miedo a la entrevista, pues se puede transformar para ellos en un arma de doble filo.

Así la entrevista en directo, la reina del periodismo, ha ido desapareciendo del prime time de la televisión generalista como género propio. Porque no funciona si no transmite verdad, si no contagia confianza. Los propios invitados acuden a las grabaciones con instrucciones de gabinetes de comunicación. Expertos en marketing les subrayan aquello que pueden decir y, especialmente, lo que no. Resultado: terminan cayendo en términos vacíos y frases hechas porque están más atentos a no enfadar a alguien que en dejarse llevar... y fluir. Error, pues para interesar y trascender la entrevista debe ser un acto de generosidad. Pero estamos más susceptibles que generosos. Todos, también la audiencia.

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