Borja Terán  Periodista
OPINIÓN

Kiko Rivera, el peligro del morbo televisivo como modo de vida

Kiko Rivera en 'Planeta Calleja'
Kiko Rivera en 'Planeta Calleja'
Mediaset

Hay una estirpe de personajes que creen haber aprendido a utilizar la televisión como rentable modo de vida. Lo creen y, lo que es peor, también se lo creen. Entienden que simplemente deben narrar miserias. Y cuanto más culebronescas mejor. Pues, así, les seguirán llamando de programas. Previo pago de su importe, claro. De esta forma, este tipo de personajes interiorizan que lo importante es que la trama del culebrón nunca se acabe.

Kiko Rivera es un buen ejemplo de vendedor de miserias en la tele. No es nadie. Pero, por supuesto, se ha creído que es alguien. Si acude a 'Planeta Calleja' de Mediaset más que estar viviendo la ventura evidencia estar pendiente de dejar bien esos dardos que le aseguran regresar a Telecinco. Sabe que, ahora, la diana perfecta es atacar públicamente a su madre. No obstante, su éxito mediático es fruto del magnetismo de Isabel Pantoja. Nada más. Nada menos.

La audiencia ha crecido con Isabel Pantoja. El público se queda prendado con la tonadillera porque su vida ha sido una telenovela perfecta que lleva casi cinco décadas en antena, siempre con giros narrativos nuevos. Isabel Pantoja ha sufrido todos los vuelcos de guion posibles, con sus finales en alto cada temporada. De los vaivenes del amor folclórico con el gran torero (que muere en plena lidia) a los coqueteos con el poder más turbio, con la posterior entrada en prisión. Y todo terrenalizado con el dramatismo cotidiano de rencillas familiares, la banda sonora de épicas canciones autobiográficas o el morbo de susceptibilidades con otras folclóricas, hijos díscolos y múltiples personajes parásitos.

Isabel Pantoja, en cierto sentido, es un reflejo de la evolución reciente de los delirios de grandeza españoles. De cuando la ensoñación del amor ideal era el casamiento entre la cantante y el toreo al boom de la especulación inmobiliaria y la corrupción. ¿Cuál es el siguiente paso en este serial infinito? Unos retoños a los que el público ha visto crecer que, de repente, deciden vender a su propia madre folclórica. Quizá para mantener ese alto nivel de vida gracias al morbo retransmitido. Un punto más en ese drama con el que para un tipo de público es fácil sentirse identificado. Y no precisamente con Kiko Rivera, que ha decidido comerciar con todo de la peor forma: pensando que controla la situación. Aunque, en realidad, la situación le descontrola.

A diferencia de su madre, con una carrera artística que le ha hecho saber interpretar como pocas los suspenses, requiebros e intensidades narrativas cuando decide compartir su vida, Rivera transmite más esa avariciosa e incluso soberbia ansia de la picaresca nacional por ganar dinero sin piedad. Quizá hasta piense que culpabilizar públicamente a su madre, al final, le puede llevar a una reconciliación en directo en Telecinco, que les otorgue millonarios beneficios.

Sin embargo, cuando todo se ve tan forzado, estirado y sobreactuado, pierdes cualquier resquicio de identificable cercanía con el público. Es lo que pasa a Kiko Rivera: ya no transmite verdad. Se ha sobreexpuesto y quedan al descubierto sus fisuras. Incluso se intuyen las ansias de trilero traidor, que lo mismo una semana arremete contra Telecinco que a la semana siguiente se sienta en Telecinco. En función de lo que le interesa adapta su discurso a las circunstancias sin escrúpulos. Lo que propicia, lógicamente, que el espectador ya no se fie de él. Puede subir la audiencia, pero ya no propulsa la audiencia. 'Planeta Calleja' lideró, aunque sólo con un 14.4 por ciento. Kiko Rivera no reúne a una audiencia transversal frente a la televisión, porque representa más a lo sórdido de esa peligrosa televisión de los juguetes rotos que creen que la polémica vende sólo por la polémica. Y no, la polémica sin una empática motivación del protagonista no se comprende y termina siendo excluyente para el público que no es altamente adicto al reality show de Mediaset. Y, justamente, no es nada pero nada empática la motivación del todo por la pasta. 

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