La trinchera infinita... de Madrid

Juan Carlos Blanco  Periodista y consultor
Protestas contra el Gobierno en el madrileño barrio de Salamanca.
Protestas contra el Gobierno en el madrileño barrio de Salamanca.
Jorge París 

Leo, veo y escucho a Martínez-Almeida y a Ángel Gabilondo y me pregunto qué hacen este par de tipos tan centrados en medio de esa bronca de hiperventilados que alcanza en Madrid proporciones esotéricas. 

Visto a 540 kilómetros de distancia, me surgen dos interrogantes: uno, ¿por qué conforme nos asomamos a la Puerta del Sol la temperatura política crece hasta hacerse insufrible como si en realidad viajáramos al centro de la Tierra y no al de la Península? Y dos, ¿por qué tienen que sufrir los madrileños semejante vodevil en medio de una pandemia que les ha castigado trágicamente como a ninguna otra comunidad?

Me encanta la vida de Madrid. Es adictiva, engancha, es solidaria y es divertida. No pide el carné de pureza castiza a quien llega en busca de oportunidades. Y respira la libertad de las grandes capitales europeas. Pero también estos días parece ostentar el récord continental de políticos ansiosos, crispados y atrincherados.

El cansancio y el hartazgo de una parte de los ciudadanos después de dos meses tan duros es comprensible, pero no lo es tanto que haya representantes del trumpismo cañí que justifican las manifestaciones berlanguianas que vulneran las leyes "aunque sea un ratito por las tardes" y menos aún que la mayoría de sus representantes públicos, a uno y otro lado del arco ideológico, hayan convertido la discusión política, aún más que en el resto de España, en una pelea pueril por ver quién es más rojo y quién es más facha. 

Qué asfixiante todo y qué polarizado. Madrid no se merece aparecer en el escenario nacional como una trinchera infinita. Y los madrileños, menos todavía. Que tome nota quien le corresponda.

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