Juan Carlos Blanco  Periodista y consultor de comunicación

Por qué este país le tiene que dar las gracias a los sindicatos y a la CEOE

Pedro Sánchez junto a Antonio Garamendi y Gerardo Cuerva, y los líderes sindicales Pepe Álvarez y Unai Sordo (junto a la mesa).
Pedro Sánchez junto a Antonio Garamendi y Gerardo Cuerva, y los líderes sindicales Pepe Álvarez y Unai Sordo (junto a la mesa).
Chema Moya / EFE

Como el Congreso de los Diputados se parece cada vez más al plató de un concurso de telerrealidad, hemos terminado por pensar que no tenemos arreglo como país y que ya solo nos queda que Jorge Javier Vázquez presente su candidatura a la presidencia del Gobierno para que el guion de España lo firmen desde las fábricas más hiperventiladas de la televisión espectáculo. Pero no, siempre hay una aldea que resiste ante la ola de polarización, estulticia y crispación política que nos azota y en ella se han hecho fuertes las organizaciones empresariales y sindicales de este país, que han ejercido de analgésicos frente al histerismo reinante.

Lo hemos visto con el acuerdo para la reforma del mercado de trabajo. Con la supervisión y dirección de la vicepresidenta del Gobierno, que se moría por intercambiar impresiones con el Papa, la CEOE, la UGT y CCOO, han llegado a un pacto cuyo mayor valor reside en que es exactamente eso: un pacto. Una especie en extinción de la que ni nos acordábamos.

Los equipos de Antonio Garamendi, José Álvarez y Unai Sordo han entendido que de lo que se trataba era de corregir en la medida de sus posibilidades los déficits de las relaciones entre empresarios y trabajadores de nuestro mercado y dejarse de posiciones maximalistas y anacrónicas, se han puesto a ello y han llegado a un acuerdo, como en otras tantas ocasiones durante la pandemia, que lanza un mensaje de estabilidad y de madurez del que deberían aprender unos cuantos de los que ocupan escaño en la Carrera de San Jerónimo.

Los tres mosqueteros de la concertación social han puesto cordura donde parecía no haberla. Y ahora toca que no llegue ningún aprendiz de Richelieu a cargársela. Veremos, pero, de momento, solo cabe darles las gracias por recordarnos que hoy más que nunca son posibles los grandes acuerdos de Estado.

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